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Fotógrafo bohemio



Subiendo vas, fotógrafo Carrera,
Carrera San Jerónimo pateas.
Tu cámara es capote en la Montera
y estoque en telescópicas capeas.

En Sol lanzas astuto tu pupila:
benévola va hacia arrugas y grietas.
Desvelas lo feo y bellezas discretas,
amas el Románico y no se estila.

Hoy resulta que tienes a tus musas
buscando consuelo por tu museo:
las salas están llenas... e inconclusas.

Miras de reojo a gorgona Medusa
consciente de que no eres Perseo,
te vas por San Isidro sin excusas.


Jesús Megía López-Mingo
Mayo 2018

  










Miradores hacia un infinito siempre peor


"EL HORIZONTE" (Joan Manuel Serrat)

Puse rumbo al horizonte
y por nada me detuve,
ansioso por llegar
donde las olas salpican las nubes, ...

y brindar en primera fila
con el sol resucitado,
sentarme en la barandilla
y ver qué hay del otro lado.
Y cuanto más voy pa' allá
más lejos queda,
cuanto más deprisa voy
más lejos se va.
Allí nacen las leyendas
y se ocultan los secretos
y se alcanza a dibujar
con las estrellas en el firmamento.
Sueño con encaramarme
a sus amplios miradores
para anunciar, si es que vienen,
tiempos mejores.


 A veces usamos como equivalentes las expresiones "ponerse una meta" y "tener un horizonte" pero mientras que las metas se concretan en algo susceptible de ser alcanzado, el horizonte es siempre tan relativo e indéxico como "allá", "mañana" o "futuro". Una de las metáforas más alentadoras y tramposas es esa de "ampliar horizontes". Como dice esta canción, "cuanto más voy pa'allá más lejos queda". Tener un horizonte es poner voluntariamente contorno o límite a lo indefinido, enmarcar provisionalmente lo infinito, dado que ese horizonte siempre va escapando más y más lejos. Decimos que vamos ampliando horizontes pero en realidad lo desplazamos hasta el infinito, como si las vidas fueran vastas y esféricas como nuestra Tierra y a lo lejos pudiéramos divisar, más borrosas que nítidas, las puertas de ese infinito. Y el infinito es ese expediente o comodín que usamos para referirnos a una idea cuyo referente no podemos humildemente abarcar por definición (pues no somos infinitos), pero que al darle nombre pretendemos ya tenerlo de algún modo dominado o al menos amansado. Tanto que hasta los matemáticos hablan de que hay diferentes tipos de infinito: hay infinitos más grandes e infinitos más pequeños. Y si también podemos hablar de horizontes mayores y menores según lo deseable que sea la quimera de pisarlo ¿cómo es el horizonte colectivo que nos gusta pintarnos en la actualidad? ¿no es verdad que nos disgusta pretender que tras esos miradores se ven tiempos mejores?
 
Jesús Megía López-Mingo
Febrero 2017

De por qué elegí como sueño de "DREAM BUILDER" viajar a Fuerteventura con mi chica y con mi niño


  “No tenemos sueños baratos”. Es el anuncio de La Primitiva, lo he escuchado cientos de veces este año. Cada mañana al venir a IKEA escucho la radio y ese anuncio me parece de lo más simpático. Es un mensaje divertido  que en el fondo viene a decir lo mismo que aquella irónica frase que se atribuye a Woody Allen: “La verdadera felicidad está en las pequeñas cosas: una pequeña mansión, un pequeño yate, una pequeña fortuna…”  Escucho el anuncio y miro por el retrovisor a mi novia y a su lado mi cachorro, arrellanado en su silla y con su mirada en el tráfico de la M-45. Me pregunto qué soñará él. Hay noches que oigo cómo sueña en voz alta, más concretamente “pesadillea” a voces. Como cualquier otro niño. Pero hay mañanas que, con su lengua de trapo pero con todo lujo de detalles, me cuenta lo que ha soñado: en una nave espacial van caballeros de armadura negra y espada en la mano que luchan contra dragones que echan fuego, que luego se mudan a dinosaurios con un cuerno en la nariz y luego viene un “pez marino” (parece que quiere distinguirlos de los peces fluviales…) y al final se hacen todo amigos. Pues me gusta ese sueño, me gustaría soñarlo. Este año cada mañana antes de ir a IKEA los he llevado a  ambos a la escuela infantil, donde mi novia trabaja y mi hijo disfruta de sus primeros años académicos.  En el coche no le pregunto ya por su sueño, sino que le saco de sus ensoñaciones. “Héctor, ¿quién es esta que habla?” le espeto cuando, tras la cuña publicitaria, continúa el informativo. “Pepa Bueno”, dice como quien acierta jugando al Trivial. Y las noticias y opiniones de actualidad salen de la boca de la locutora con una velocidad endiablada, mucho más rápido que el sueño narrado de mi hijo y, sobre todo, más rápido que el tráfico cuando nos desviamos a la carretera de Toledo dirección Getafe. Los sueños y el tráfico son lentos, la realidad es rápida. Me las pinto solo filosofando los lunes por la mañana, por si no fueran lo bastante duros de por sí…




  Quiero explicar aquí por qué elegí como sueño viajar de luna de miel a Fuerteventura con mi novia (bueno, en el viaje ella se habrá transformado en esposa como se mudan los dragones en dinosaurios, pero con más glamour…) y con mi hijo. Pero tras semejante párrafo ya se echa de ver cuánto me cuesta ser breve. Ya sé, ya sé eso de “lo bueno si breve, dos veces bueno” o lo de “menos es más”. Pero no siempre menos es más, ni siempre más es menos. Las matemáticas son paradójicas pero no tanto. Si me dan a elegir, prefiero “mucho y bueno” a cualquier otra alternativa. Y supongo que la mayoría igual. Y al hilo de esto, si a uno le piden que elija qué sueño quiere que se le cumpla… ¿se va a conformar con que eso de que “menos es más”?, jaaa! Por eso precisamente triunfa el anuncio de La Primitiva. Por cierto, ahora ponen otro anuncio de lotería (el del 11 del 11 de la ONCE) en el que en una supuesta tómbola celestial de “tipos de vida” uno puede elegir entre un escaparate de vidas de los más fascinantes, supuestamente por completo diferentes de la vida miserable que llevamos los pobres…

    Pues bueno, uno puede ser ambicioso a la hora de elegir un sueño pero… no tan pobre como para creer en tómbolas de vidas de película logradas a golpe de premio millonario. O mejor dicho, yo ya creo que mi vida es de película, con su variedad y altibajos argumentales pero que en gran medida me gusta. Por cierto que hay unas cuantas películas con esa lección o moraleja (“Qué bello es vivir”, “Family Man”). Si a esto se une que en las bases del concurso de Dream Builder ya se hacía referencia a la condición de que debía de tratarse de un sueño fuera factible… directamente renuncié a la posibilidad de quimeras. Cuando Belén, a la postre mi dream-machine, una tarde de julio me escribió preguntándome por mi sueño ¿cómo le iba a decir que mi sueño era viajar en una nave con caballeros de armadura negra y espada que luchan contra dragones-dinosaurios y peces-marinos-pero-no-fluviales y al final todos quedamos como amigos? La realidad virtual hace maravillas, pero en aquel momento no caí en eso, caracoles! Más bien evité responder y le pregunté cuál era su sueño y rápidamente me dijo que era uno imposible: pasar un otoño en Nueva York con su hija Paula. ¿Imposible? Entonces bromeamos sobre si quería de extras a Richard Gere y a Winona Ryder, en cuyo caso sí que se complicaría toda la implementación onírica en el plano físico, valga por la pedantería.

   Entonces sentí con el cuerpo y con alma y, sobre todo, con la nariz -porque ya me lo olía- que un sueño tipo Dream Builder al modo IKEA debía de tener esa característica esencial del sueño de Belén: compartir algo con el ser o seres que más quieres en tu vida, pero, peeeero… calibrando un poco mejor las magnitudes y las distancias. Y fue cuando pensé: “en unos meses me caso, mi sueño más inmediato es disfrutar de un viaje de novios con mi chica y mi chico”. Y esto es así, porque él no se cansa de repetir que se va a casar con mamá y con papá, así que de ese viaje de novios sería más fácil echarme a mí que a él (como, en efecto, ha ocurrido con mi hueco en la cama marital, que algunas noches el renacuajo ocupa con una dudosa legitimidad, bueno, dudosa para mí porque él tiene bien claro cuándo y cómo extraditarme al sofá del salón). Así que primero le respondí a doña Belén Luna que mi sueño era una luna de miel en Fuerteventura. Pero recalibré inmediatamente el destino y le dije que tampoco me importaba que fuera en el Cerro de Los Ángeles, aquí en el sur de Madrid. ¿Acaso había soñado yo alguna vez con el Cerro de Los Ángeles? Pues sí, pero hace muchos años y fue una pesadilla provocada quizá por una indigestión: soñé que disfrutábamos de una comida campestre en familia en aquel pinar y que haciendo el fuego (antaño había mayor permisividad que hogaño en ese aspecto) la cosa se nos iba de las manos y ardía el pinar y cerro entero con su célebre Santísimo Cristo incluido, tras lo cual nos detenía un miembro de la Benemérita (dato este cuanto menos curioso, pues suelen ir en pareja, pero puede que el otro miembro estuviera dando el aviso al cuerpo de bomberos, esto ya no lo soñé sino que lo supongo ahora con el paso de los años y la poca o mucha experiencia que estos me han dado). Y desde aquel sueño pesado tengo animadversión tanto a los pirómanos como a los tricornios, siendo las maneras de ambos gremios tema de controversia para mí. Por todo esto será fácil comprender que inmediatamente rectificara y le dijera a Belén: “calla, calla, mejor Fuerteventura!”




     Una luna de miel en Fuerteventura con mis dos tesoros es algo que no tiene precio. Bueno, que le pregunten a la dream-machine si lo tiene o no. Arriba hablaba yo de no pedir quimeras, como si hubiera alguna más grande que pedir una luna-de-miel, ahí es na. Es inevitable recordar a Hugh Grant y Andy MacDowell en aquel clasicazo moderno titulado  “Cuatro bodas y un funeral”: “¿Por qué crees que lo llaman luna de miel? –No lo sé, supongo que lo de miel viene de que es dulce y lo de luna porque es la primera vez que el marido le ve el culo de su mujer”. En fin, yo soy de esa inmensa mayoría actual que llega a la luna de miel habiendo ya disfrutado de las dulzuras de una larga relación. El culo de “mi mujer” también lo he visto en alguna ocasión. Pero me gusta decir que llego virgen. En todo caso nuestra luna de miel será muy dulce porque, como se suele decir, más que un viaje es una actitud durante un  viaje más largo. Y ya llevamos recorrido un tramo no desdeñable. En una ocasión le comenté a un extraño que Laura, mi novia, era la mujer de mi vida. Este extraño (concretamente era médico) me preguntó cómo sabía que ella era la mujer de mi vida si una afirmación así de excesiva solo se podía realizar al final de la vida de uno, justo cuando se puede valorar por fin si uno ha sido o no feliz, si ha habido más mujeres en tu vida, etc. Estaba claro que aquel tipo había leído a Aristóteles, al menos su “Ética a Nicómaco”. No era mi intención quedar por encima de una eminencia como él, pero se me ocurrió responderle que en el lecho de muerte no tiene tanto valor decirle a alguien “eres la mujer de mi vida”, sino que algo así debe sentirse y expresarse estando bien vivo y bien enamorado, por mucho que siempre quepa la posibilidad de que otras veinte o treinta mujeres (o al menos una, o tal vez un hombre o incluso un dragón o un dinosaurio o un pez marino) lleguen a ocupar ese rango en el corazón de uno. Porque nunca sabemos si habrá oportunidad de un lecho de muerte en el que pronunciar una declaración de amor, porque es preferible tener claro lo que se siente aquí y ahora y expresarlo sin cautelas, porque los libros de Aristóteles están aun vivos pero él concretamente está muerto. Pero una vez estuvo vivo y sentiría algo por una mujer. O por un joven discípulo. O por los peces marinos y fluviales, a los que dedicó su interés científico y muchísimas páginas en papiro. Por el que desde luego debió de sentir Aristóteles un profundo amor es por su hijo. Y en eso no puedo estar más de acuerdo con él…




   Ahora que he sido capaz de explicar algo más o menos esclarecedor sobre mi sueño, para ir terminando quiero aclarar algo muy importante que no acertó a explicar Hugh Grant. ¿Por qué se llama “luna de miel”? En mi caso se llama luna de miel porque el regalo es, como la miel, el dulce fruto del trabajo de una abeja muy obrera, constante e incansable que curiosamente es Luna. Si de alguien cabe decir que muestra día a día algún "valor de IKEA" es de ella. En su trabajo lo deja claro pero también en esta construcción de mi sueño, que es un pedazo de trabajo extra que le ha quitado más tiempo del que debiera. Era la persona idónea para una tarea así, porque mantiene el contacto con la realidad… tendiéndome un puente hacia mi sueño de bodas. Porque para ello era esencial tener una conciencia de costes. Porque tiene una enorme fuerza de voluntad y es más cansina que el mayor de los cansinos históricos. Porque es honesta siempre y pese a quien pese. Porque no solo tiene "valores de IKEA" (que obviamente tampoco son, por cierto, monopolio de esta compañía ni creo que lo pretenda) sino que es perfeccionista aun más que cansina (yo creo que lo de cómo atreza sus cuadros de Excel roza la compulsión). Porque como le han dicho alguna vez por ahí, tiene un coco privilegiado. Pero no es el Coco, aunque también lo pueden haber dicho por ahí alguna vez. Porque tiene un sentido del humor a prueba de bombas, a mí siempre me saca punta a cada frase y me tengo que descojonar. Y ahora voy a ser subjetivo (lo anterior no era mera opinión, era ciencia de la buena, de la de Aristóteles): porque ella forma parte de ese puñado de personas en este negocio (Raúl, Mónica, Belén…) que siempre, siempre me hace sentir más valioso o importante de lo que en realidad soy, valorando sobremanera mis opiniones o mis pequeños logros; sé que lo hacen espontáneamente y de corazón, lo cual hace que esa trampa de reconocimiento sea de verdad muy hermosa. Es una trampa especial porque es una trampa trampolín: uno gracias a ello y sin darse cuenta se deja llevar y salta a una altura mayor, aunque solo sea para zambullirse sin temor en otros vasos en los que no hay miedo a ahogarse. Ni a seguir soñando. 


JML-M

Octubre 2016



 

Rastro de una vida escrita

  Recordar con el cuerpo

  Oí que recordar es según su origen volver a pasar por el corazón. Pero eso significa sencillamente que lo que se recuerda pasa por esa víscera además de por la cabeza. Cuando lo que se rememora son personas queridas nos empeñamos en dar otra dignidad a esos recuerdos, una categoría aún más humana, más cercana, más viva. He oído y he leído “en mi memoria no eres sólo un recuerdo” o “no te recuerdo porque nunca te olvido”, como queriendo conceder una distinción a quienes recordamos. Se quiere expresar que mientras los meros recuerdos son archivos que nos representamos, los activamos con más o menos rapidez, desempolvándolos alguna vez y modificándolos siempre, a algunas personas en cambio no es que las volvamos a pasar por el corazón representándonoslas, sino que su presencia vive ahí de manera habitual por algún motivo. Y nos constituye, nos marca con una seña de identidad. Más allá de lo que esto tenga de poético o de folclórico, se me ocurren casos cotidianos de este fenómeno. Casos como cuando tenemos precisamente que olvidarnos un poco o dejar de contar con “quien no recordamos”. Por ejemplo: cuando de manera natural ponemos el cubierto en la mesa para quien ya no va a volver a comer con nosotros ni con nadie. O cuando naturalmente soñamos que tenemos con esa persona una conversación en la que, de pronto, saca como tema algo como “¿sabes que me he muerto?”.  A mí me ocurre de vez en cuando con personas que perdí.

   Hace poco he vuelto a ver esa película que tiene a la memoria como protagonista desde el mismo título: Memento. Tatuarse los hechos recientes, las novedades, para rememorarlos como advertencias y actuar con sentido a partir de ellos. Además de las lecturas e interpretaciones más recurrentes de "Memento" (la memoria al servicio de la supervivencia, la identidad construida sobre un flujo de conciencia, los recuerdos como elementos selectivos que se construyen poniendo, quitando y mudando, trayendo conexiones deseadas e indeseadas, los hechos no nos vienen tan hechos…), se me ha venido algo aún más básico: que muchas vidas (no todas) se viven desde, por y para el recuerdo. Como en la película, el cuerpo se reserva siempre un hueco para tatuarse un recuerdo que siempre se espera. Eso no es solo lirismo barato, así es como entiendo que es, por ejemplo, mi madre.

    Los cuadernos de Fe

    Mi madre no ha parado de escribir sus vivencias desde que empezó a hacerlo en la adolescencia o aún antes. Miles de páginas manuscritas. Yo he leído unas pocas, sobre todo me interesé cuando murió mi padre, en agosto de 2012. Ella siempre ha repetido que cuando muriese ya nos ocuparíamos de tirar a la basura todos aquellos cuadernos y libros, como invitándonos veladamente a que los leyésemos entonces o cuando fuera. Qué narices, para eso los escribió también. Me lancé en aquellos días de nuevo sobre sus primeros cuadernos y repasé también otros libros encuadernados suyos cuya ortografía yo había corregido hacía años a petición suya. Poesías que en su día me habían parecido pueriles o simplonas o directamente pura beatería ahora se me volvían bellas. Y me sentí tan orgulloso que empecé a compartirlas con amigos y allegados, cosa que a ella le pareció bien porque toda su vida ella misma lo ha hecho con sus amistades regalándoles sus escritos en cuidados “pergaminos”: cuartillas de caligrafía impecable con los bordes cuidadosamente quemados.

   Y en sus diarios de juventud además descubrí facetas de mi madre que habían permanecido ocultas para mí durante años, aspectos íntimos de su persona, sentimientos suyos hacia su hijos y su marido, anécdotas de niñez con sus hermanas y con su hermano, con su propios padres y demás. Aquello se me reveló al principio enternecedor y luego, sobre todo, un descubrimiento de la distancia que me separaba de mi propia madre. Me dije “qué suerte no haber esperado a que ella no esté para empezar a leerlo”. Y sobre todo qué suerte no haber esperado a haber muerto yo mismo, porque el ejercicio de la lectura en ese caso se me hubiera dificultado hasta lo indecible... Comenté con ella alguno de aquellos episodios de su infancia. Mi madre, como muchas personas, tiene una memoria extraordinaria para sucesos de antaño, así que muchos episodios que aparecen en esas páginas de hace cincuenta años aún hoy es capaz de recordarlos. Tal vez porque durante los años los ha evocado o leído. Otros eran de ese tipo de recuerdos que no se recuerdan porque no se olvidan, ya se sabe. La larga enfermedad que llevó a la muerte a su hermano Paco con apenas cuarenta años, la vida de religiosa de su hermana Aurelia, desavenencias cruciales con mi padre, etc. Otros detalles le parecían extraños o no era capaz de reconocerlos, como es natural.

   Ha escrito sobre cada capítulo destacable de su vida, bueno o malo. Y lo sigue haciendo. Y sigue repitiendo como hace veinte años “ya estoy cansada, esto es lo último que escribo”; esas palabras las he debido de leer y escuchar decenas de veces y nunca las cumple. Supongo que porque escribir la salva. Y sobre todo a día de hoy que ella oye apenas y permanece la mayoría del tiempo absorta en su mundo interior, sin ver la televisión (salvo las películas que ve junto a mi hermano Jorge) ni escuchar la radio ni participar en conversaciones que no sean con Jorge, con algunas vecinas y allegados o con alguno de nosotros cuando vamos a casa. Cuando hace tres años se rompió la cadera, tuvo que estar ingresada un mes lejos de su casa en el Hospital de rehabilitación Virgen de la Poveda en Villa del Prado.  Escribir poesías a las enfermeras era allí su mayor distracción hasta que le hacíamos la visita. En sus cuadernos no solo hay poesías sino una especie de diario, semanario o periódico personal. Alegrías, frustraciones, sucesos dramáticos de la familia, la visita de unos, el viaje en verano de otros, eventos festivos, penas que sobrevienen, episodios anodinos que cobran una significancia especial por algún motivo, aunque sea solo el de salvarlo del olvido... Predomina el verso sobre la prosa y resaltan como celebraciones caligráficas las frases entre signos de exclamación. Redundantes signos dobles incluso. En mi casa siempre se habló en voz muy alta y la suya era la más alta de todas aquellas seis voces. Pero en muchas ocasiones mi madre muestra una faceta más rigurosa que emotiva. Es puntillosa con los detalles y deja anotadas, por ejemplo, las pautas diarias de una medicación, los platos que se degustaron en una reunión familiar, la relación de personas que asistieron y sus palabras. Algunos de sus cuadernos son algo más que palabras (de una cuidadísima caligrafía), son álbumes ilustrados a todo olor y color, en algunas ocasiones son el mapamundi de su universo: un texto que no se teje solo con palabras sino con ilustraciones de su propia mano. Así, hay dibujos intercalados de sus hijos y de sus nietos, suplementos marginales que se despliegan con algún secreto o con alguna trivialidad que añade misterio, sus clásicos papeles con borde quemado y pegados con pegamento de Noveprén (a eso huelen las páginas, pero también a pomada y a jabón aromático), cientos de estampas de todo tipo, religiosas o paganas, recortes a veces trillados y a veces insólitos, etiquetas de productos (quesitos en porciones, latas de conservas...), folletos, publicitarios, prospectos de medicamentos, tiquets de una merienda en el bar con Jorge y con los nietos …

  Es muy entretenido ponerse a hojear algunos de sus libros porque literalmente son cajas-sorpresa. Descrito así como lo he hecho arriba no hace justicia a su intención, porque mientras yo transmito la imagen de un maremágnum o caos festivo de recuerdos, ella en sus anotaciones diarias quiere dar ordenada y detallada cuenta de que aquello sucedió, con su fecha, su qué, su quién o quiénes y, sobre todo, con sus porqués y para qué. Porque se explaya en datos y explicaciones. Y en cada rincón de esos libros puede uno demorarse con la misma curiosidad y cariño con que fueron puestos allí por las manos de Fe. Cuadra aquí muy bien cariño, tanto si proviene de "carecer, sentir nostalgia o añoranza" como si la palabra se originó en las manos (khéir), viendo ahora las de mi madre deformadas por la artrosis acariciando las hojas de su obra.

   De modo que eso que para cualquiera que se le cuente podría ser una colección de estampas, adornos y florituras, sin embargo en su intención es el testimonio documentado de una autobiografía familiar. Seguramente sea mucho más que eso, porque biografía suena a acabado y ella es de las escritoras que prefieren tricotar a terminar jerseys. Su obra es más bien el rastro escrito de sus vivencias. Y algo más importante: a veces, muchas veces, escribe para ella misma, que es la escritura más honesta. De ahí que muchos de esos escritos dejen significados que solo se muestran entre líneas, amparados en objetos que adjuntó con Novoprén a aquella página, cargados a su vez con un simbolismo no muy claro quizá ni para ella misma. Siempre he escuchado decir orgullosa a mi madre que aquello era arte y que pocas personas se dedicaban a algo de tal sensibilidad. Y siempre me sonrojé un poco al escuchárselo. Hoy que escribo esto no tengo la menor duda que aquello era cierto, sin cegarme en esa consideración el amor de hijo. Precisamente ayer me mostró su penúltima creación, un sobre hecho cuidadosamente con el envoltorio rojo de una tableta de chocolate Las Tres Tazas y dentro había etiquetas de latas de atún, cartones que envolvieron potitos de fruta que regaló a mi hijo, una servilleta del Dunkin Donut… y en sus reversos ella había dejado las correspondientes anotaciones de fechas, protagonistas y otros datos recogidos con esmero. Mi madre ya no dice que aquello sea una obra de arte. Menos orgullosa que hace años, se ha referido al sobre rojo como un “capricho”. Por muchos motivos estoy seguro de que ese sobre es un tesoro. Pero más seguro estoy del carácter terapéutico que escribir y confeccionar sus papeles ha tenido siempre para mi madre, en su sentido más riguroso. Escribir la alivia y escribiendo atiende sus dolores, frustraciones e inquietudes. Y por supuesto sus satisfacciones, que no son pocas. Vive en su escribir y pone la vida en sus escritos.



Jesús Megía López-Mingo
Febrero 2015

Funerales celestes y terrestres


   En las regiones altas del Tíbet existe una ceremonia funeraria en la que el cadáver ni se entierra ni se quema sino que se recicla inmediatamente, ofreciéndoselo de comida a los buitres. La explicación antropológica más básica dice que esta es la mejor solución en esas altitudes, llanuras a más de cuatro mil metros donde es difícil cavar hoyos y conseguir leña para respectivamente enterrar o quemar los cadáveres. Tras varios días de velatorio, cuando se cree que ya el alma se ha reencarnado, un sacerdote descuartiza el cuerpo muerto ante el familiar que lo ha llevado a su altar o “torre del silencio”, donde acudirán los buitres para devorar en pocos minutos las partes blandas. Los huesos finalmente se pulverizan a mazazos y se mezclan con harina de cebada para que las aves carroñeras los apuren mejor. Cuando un occidental como yo escucha por primera vez la noticia de este rito, más aún cuando ve imágenes de cómo se lleva a cabo, seguramente le cause perturbación y en el momento no repare en el hecho de que los tibetanos lo practican no desde el jueves pasado por la tarde sino desde hace miles de años.

   Que sea un rito milenario no quiere decir que no sea cuestionable, sino que los practicantes no se lo cuestionan tanto como yo cuando lo descubrí. Y aunque la primera reacción ante esta práctica sea de rechazo tal vez por esa crudeza  totalmente extraña a nuestra cultura, al escuchar que tal ceremonia se denomina “funeral celeste” comenzamos a plantearnos su bello sentido religioso, su autenticidad como gesto generoso con la naturaleza (a los buitres se les considera seres sagrados que con la carroña aceptan el curso natural de las cosas), su significado como despedida a un ser querido que se devuelve al ciclo de la naturaleza, etc. Si uno ve cómo se practica un funeral celeste en ese gran documental titulado "El laberinto del Tibet" es casi inevitable reconocer la espiritualidad de un acto realmente carnicero. Es demasiado el atractivo del budismo y espectacular la voz de Ramón Trecet narrando el final de este tipo de exequias en un documental televisivo, mientras nos identificamos con un espíritu que sobrevuela el mundo sensible con la ligereza de un buitre: “La rueda de la existencia continuará girando y al final de la muerte nace otra vez la vida”.

   La comparación con los enterramientos y las cremaciones surge enseguida, valorando la conveniencia de que el cadáver se desintegre más rápido o más lento. Desde el punto de vista egoísta a uno le debería dar igual lo que hagan con sus restos tras la muerte. Decía un primo mío que “cuando nos morimos somos igual que un perro muerto, no hay diferencia”, como para enfatizar el valor de los gestos en vida y queriendo decir que cuando nos muramos nuestros restos mortales no se diferencian en dignidad de los de cualquier otro animal. Igual de carroña son. En ello hay algo de “funeral celeste”: el cuerpo des-animado es una cáscara vacía en la que ya no queda nada sagrado. Pero creo que los tibetanos tienen especial cuidado de no ofrecer a los buitres a los niños fallecidos, ni a las embarazadas fallecidas, ni a los que murieron por enfermedad infecciosa. A esos se esfuerzan por incinerarlos, supongo. Pero no se deja lugar para las reliquias, tan queridas en nuestra tradición cristiana. En nuestra cultura ha habido rituales bastante más truculentos que los funerales celestes, como la moda de coleccionar reliquias e incluso preparar platos y bebidas con esos restos de personas que consideraban santas. Tal vez hoy nos parezcan costumbres bárbaras y supersticiosas, pero lo practicaban no hace más de cuatro siglos los próceres de nuestra civilización.

   Lo central de la comparación del funeral celeste con nuestras actuales prácticas funerarias de occidente está precisamente en la crudeza a la que me refería al principio. El esposo de la difunta tibetana carga con el cuerpo de esta, observa cómo el sacerdote lo despelleja y lo descuartiza, cómo los pájaros hunden sus picos en sus restos y al final él mismo machaca sus huesos para hacérselos comestibles a las aves. Con la misma actitud con que yo participé en el entierro de mi padre velándolo, eligiendo un ataúd y un epitafio, observando como le oficiaban un responso, cómo transportaban su caja en un coche fúnebre y finalmente cómo lo introducían en un hoyo y lo sepultaban con una losa. Es decir, la actitud de duelo puede ser igual de natural pero creo que la inmediatez con la muerte es menor en mi funeral terrestre. Solo un sector de especialistas (médicos, amortajadores, sepultureros...) tienen un contacto directo con la muerte. Me da la sensación de que voluntariamente ponemos distancia con nuestros muertos desde el primer momento. Antes lo corriente era que las personas nacieran y murieran en casa. Hoy no velamos ya a nuestros muertos en la casa familiar porque hay tanatorios que facilitan todo. Y ayudan a poner distancia. Y esa distancia la pretendemos suplir con un acercamiento espiritual y fingiendo una prolongación ficticia de la vida. A veces alguien piensa cuando va a visitar la tumba de su familiar: "¿cómo estará ya?". Y a mí con esa expresión se me viene a la cabeza que en vez de una descomposición se tratase de una prolongación del envejecimiento, por mucho que los gusanos hayan dado cuenta ya de los restos de mi padre. De alguna manera es un consuelo seguir teniéndolos vivos de esa manera, dormidos en su nicho o en su cama profunda. Mis comparaciones religiosas son sin duda groseras por desconocimiento, pero me parece que mostrar en el horizonte el destino de nuestro cuerpo le sirve tanto al budismo tibetano como al cristianismo para atemorizar y adoctrinar a sus fieles más fácilmente, ya sea con la excusa de la reencarnación o con la de una nueva vida más allá.

Jesús Megía López-Mingo
Mayo 2015

Las pequeñas y las grandes cosas

    En la edición de los premios Oscar de 2002 hubo una película que contaba con cinco nominaciones y no consiguió ningún premio. Se titulaba Amelie. Eso de quedarse sin premios no es algo tan raro en los festivales. Sin embargo, de las cinco películas nominadas ese año en la categoría de mejor película de habla no inglesa, once años después pocos de los aficionados en nuestro país recordarán al menos tres que no sean Amelie. Tal vez sólo no se olvida El hijo de la novia, que en España triunfó como la película entrañable que es. El caso es que en esa categoría ganó una película bosnia titulada En tierra de nadie, que algún crítico calificó como una sagaz denuncia de la guerra y de la política. Como aficionado, pienso que la denuncia social y comprometida es algo muy loable en el cine y en todas las artes, pero esta historia de la guerra entre serbios y bosnios se queda sólo en original y dista mucho de ser una película extraordinaria, no sólo como denuncia sino también como entretenimiento. 

 
    Aunque parezca raro y pocos lo reconozcan, creo que todos queremos decir lo mismo cuando opinamos públicamente que una película que hemos visto es muy buena.  Queremos decir que hemos visto una película como mínimo entretenida. Y casi también como máximo. El entretenimiento no es cualquier cosa, una película como Amelie se encargan de recordárnoslo.

 
    Entre las películas que más nos gustan las hay que además de emocionarnos nos dan que pensar. A mí esas son las que más me entretienen. Y no estoy hablando de los bodrios que dan dolor de cabeza. Las que olvidamos pronto son las que menos nos emocionaron y no nos sugirieron mucho, las menos entretenidas por tanto, aquellas que nos parecieron divertidillas, graciosillas,...entretenidillas. Pero las realmente entretenidas no son sólo las que nos hacen pasar un rato agradable, sino las que nos pueden seguir entreteniendo perfectamente durante otros ratos, por ejemplo recordándolas y recreándolas. Quizá parezca una noción demasiado exigente de entretenimiento, pero me estoy refiriendo a películas de cine y no a cosas que entretienen de diferente manera, aunque no de cualquier manera.

 
    Precisamente lo que me da que pensar Amelie es que las películas deberían entretener al modo en que nos resultan entretenidos los ratos más intensos de nuestras vidas, que no son necesariamente los que comúnmente consideramos como los más importantes. Muchas veces, sin embargo, aunque triviales esos momentos se convierten en inolvidables, como muestran precisamente los personajes de esta película. Sinceramente, recordaba con exactitud muy poco de la historia de Amelie hasta que la he vuelto a ver después de diez años. Pero no por ello me había olvidado de muchos de sus detalles. Cuántas veces hemos vivido algo especial, lo hemos recreado y transformado sin tener en cuenta que pueda haber algo así como un original con el que algún día quizá compararemos el recuerdo. Solemos decir “cómo había idealizado yo esto”, casi siempre con decepción. Como con las películas el original es posible, reconozco que había idealizado un poco Amelie, pero que aún así sigue siendo tan entretenida como inolvidable.

 

    En Amelie, como en tantas otras películas, se habla directa e indirectamente del encanto de las pequeñas cosas; sobre ello hablan los personajes y con ello se desenvuelven. Esa preocupación es propia de la visión romántica del mundo. Amelie en general y Amelie en particular son románticas en uno de los sentidos más rigurosos que se le pueda dar a ese adjetivo. Es decir, romántico como lo que rompe lo cotidiano, como lo interesante, lo encantador, lo mágico, lo que nos muestra otros aspectos de lo real, lo sugestivo, lo que cambia todo el panorama y lo reviste de una apariencia de simbólica fantasía, etc. Todo eso ya no es simple entretenimiento, se pensará. Bueno, es que un romántico (una romántica como Amelie) no se puede entretener con menos que todo eso. Su visión romántica implica el desafío de dar a lo más común y habitual del mundo un sentido misterioso. Las pequeñas cosas vulgares están llenas de una especial dignidad  y así se nos presentan si ponemos en ellas ese sentido alto, misterioso. Por eso para el romántico las cosas habituales y caducas tiene el  “brillo de lo infinito”. Las cosas del mundo entran en el corazón del romántico y de él salen bombeadas continuamente, revestidas de la belleza que ese sentimiento visceral les da. Y la belleza, dirá un romántico tardío, es  el comienzo de lo horroroso. También esa idea aparece en Amelie.

           

    Este espíritu romántico es según creo la virtud de Amelie, además de otras muchas como el ritmo dinámico de la narración,  la interpretación acertada de muchos de los personajes, la presencia de un sentido del humor sencillo, el sacar partido de tópicos parisinos como un café o una frutería de Montmartre y ello sin empalagar. Y no sólo por su argumento sino sobre todo por lo puramente visual, es fácil calificarla como “una película muy bonita”, con todo lo que esa expresión pueda connotar. Las críticas en general fueron benevolentes con Amelie y rápidamente se convirtió en una película popular y comercial, lo cual no deja de ser otra virtud. Además de ser entretenida era sorprendente y uno salía del cine sintiendo que había visto algo conmovedor y además diferente. Hoy ya su estilo no lo es tanto y esos destellos los hemos vuelto a ver reproducidos con menos brillo y fortuna en otras películas como La elegancia del erizo.

    Tampoco voy a negar los puntos débiles de Amelie, pero me llama la atención que la mayoría de las críticas menos favorables que ha recibido esta película vayan precisamente en la línea de rechazar moralmente el romanticismo con el que sorprendió a tantos espectadores aburridos de supuestamente fabulosas comedias románticas sin comedia ni fábula ni romanticismo ni sal ni… entretenimiento. Entre ese tipo de críticas a esta película quizá “demasiado bonita”, cito aquí una opinión bien formada de alguien despierto y muy decepcionado tal vez por no haber encontrado en Amelie algo auténtico, real, profundo, serio, maduro y con sentido:

    “Una película que ha creado un monstruo. Una película que ha creado un montón de sueños en adolescentes, que jamás podrán realizar. Una película que preconiza la irrealidad, la magia y el destino venturoso en la vida de las personas. Un espectáculo de fuegos artificiales pop para gente que vivirá creyendo que sus sueños se van a cumplir espontáneamente. Un canto a la superficialidad, al esteticismo. Una ventosidad generacional que nos ha vuelto a traer a la mujer insegura, frágil, virginal, romántica y casamentera de la época victoriana. En definitiva, una monstruosidad vestida de seda para tiempos de gente con ganas de vivir monerías y cucadas y no vivir una vida plena de conocimiento, sentido y realidad. Un sueño del que es mejor no despertar leyendo este tipo de críticas”.

 
    En definitiva, viene a decir este espectador ávido de dura realidad, lo romántico está pasado de moda y pertenece a una etapa adolescente de la historia de nuestras vidas que tarde o temprano se supera. Lo verdaderamente curioso es que ese afán de realismo pragmático reside en la mayoría de nosotros y surge de vez en cuando para ver si por fin logra quitarle las gafas al romántico que casi todos llevamos dentro. 

Jesús Megía
Enero 2013


 


Topía

       
        El lugar de los lugares comunes existe y se llama Topía, aquí donde la realidad más visible y previsible vence a la inutilidad de cualquier esfuerzo por encontrar la sorpresa o intentar la imaginación.

        Tanto aburre el predominio de los tópicos, o mejor dicho de los típicos, que pretendemos sentir alivio precisamente cuando nos descubrimos topándonos con uno.

        Algo tan habitual. Toparnos con lo típico.

        Al hacerlo fingimos sorprendernos de que el mundo responda de allá para cuando a las imágenes estereotipadas que malévolamente quiere imponernos el poder, los medios o la tradición popular.

        Como si al decir “mira que típico resulta, es de manual” quisiéramos ridiculizar todos los retratos típicos del mundo y celebrar el triunfo de lo inopinado y lo irrepetible.

        Como si fueran tan escasas las oportunidades de comprobar que en el mundo predomina e impera lo típico.

        Como si los estereotipos y los prejuicios tuvieran como única función falsear por simplificación nuestra percepción del mundo y no sirvieran en ciertos casos también para economizar tiempo, energías y disgustos.

        Para frenar el riesgo de la creencia ciega en los tópicos, y como los tópicos suelen ser sambenitos o alarmas que chillan aspectos mayoritariamente negativos del prójimo, se le dio nombre a tal pecado: falacia de la tasa  base. Ese principio recuerda que tendemos a juzgar a la totalidad a partir de unos pocos casos individuales en lugar de seguir una supuesta prudencia que nos llevaría a considerar serenamente una supuesta objetividad demográfica.

        Desafortunadamente, a partir de este fenómeno de atribución, lo que era incuestionable pasa a ser para muchos directamente lo falso y no meramente lo discutible. Así, de “los catalanes son tacaños” o “los madrileños son chulos”, habiendo reconocido como falso afirmar generalizaciones vacuas como esta, se acepta como crítica ilustrada disociar definitivamente esos conjuntos que la maledicente tradición se ha empeñado en unir. Es decir, reparamos en un individuo a la luz tal vez de una estadística desmanteladora de mitos y nos decimos “este catalán no es ni puede ser tacaño y, si lo fuera, bajo ningún concepto tendrá ello que ver con ser catalán” o “ningún madrileño de los que conozco o vaya a conocer es chulo y, si acaso, su chulería no puede estar relacionada con ser madrileño”.

        El ilustrado que me demuestre que hay lógica en esta lucha contra los prejuicios exaltadora de la independencia de lo individual, que de paso me explique por qué no se suele prejuzgar a los catalanes como chulos o a los madrileños como tacaños. Quizá no es conveniente rechazar sin más las generalizaciones, por mucho que temamos que la mayoría de estas sean calumnias hirientes y sin fundamento que algunos se encargaron de fijar en nuestra imaginería.

        Lo prudente sería moverse entre dos lemas vulgares: “cuando el río suena, agua lleva” y “por romper un plato nos llaman rompe-platos”. Pero, ay, esa otra prudencia y ese otro sentido común sí que son tópicos nada típicos. Esa es la triste moraleja que he constatado hoy al ser atendido por La-Funcionaria-Cincuentona-Amargada-Típica en la-Típica-Subdelegación-Gris-De-Hacienda. Tanto cuidado ponía la mujer (igual pudiera haber ocurrido con un hombre, el tópico es unisex) en encajar perfectamente con el perfil profesional de ogresa  malfollá  y malcagá, que yo no me paraba de maravillar de este talento que a la vez me dejaba la dignidad escocida. Qué malhumorarse, oiga, qué manera de exhibir su prepotencia, cuánta leche caducada salpicaba con cada palabra y cada gesto, qué valor y qué chulería en cada capotazo, cuántas ganas de que le fallara el estoque para emplearse a fondo con el descabello. Qué arte, madre. Tantas otras funcionarias no típicas desde su asiento en la plaza podrían ver la faena diciendo “de todo tiene que haber en el mundo”, y a la vez agitan contrariadas el pañuelo pensando “pero es de manual”.
 
Jesús Megía
Agosto 2008 
 
 

  

Secuestro express en Belén

                    La noche del 24 de diciembre de 2011 cenamos a solas mi padre yo. A un metro y medio veía la televisión su compañero Adrián, un tipo majo y sufridor del Atleti que precisamente ahora sufría allí pero por el post-operatorio de sus lumbares y al que yo daba palique, ahora sobre deportes, luego sobre política de obras públicas y más tarde sobre mujeres de costumbres ligeras, que era sin duda la conversación que más le motivaba. Como ausente a mis charlas con su compañero de habitación, mi padre hincaba sin pasión el diente a su merluza en salsita sin sal. Cuando el señor Antonio Megía dio buena cuenta de las sosas y hospitalarias viandas que componían su cena especial de Navidad, me pidió con la mirada que bajara de nuevo la inclinación de la cama. Así lo hice, dándole antes la medicación que tocaba. Y se quedó con su expresión de tristeza y sus ojos fijos un techo blanco que, sin embargo y debido al Risperdal, mi padre percibía de color roble, según su propia descripción bajo los efectos de las drogas. "De color roble veteado", precisaba. Y yo me quedaba con la duda de si me vacilaba, así que por si acaso le pedí a la enfermera que por favor le ajustaran la medicación para evitar los delirios, las alucinaciones, las pesadillas y, en definitiva, todo las inquietudes que mi pobre padre desplegaba durante la noche, incluido el despelote de pijama, que parecía abrasarle.
                    La noche no fue buena. Es obvio que en un hospital más que la Nochebuena se puede celebrar como mucho la Noche No Tan Mala. A no ser, claro está, en las habitaciones de maternidad, donde sí debe de evocarse de alguna manera el calor, el amor y la esperanza de un pesebre en el Belén de comienzos de era. Pero padre e hijo no pasamos precisamente la noche entre mamás recién paridas, ni siquiera en traumatología (como correspondía a su flamante y estrenada prótesis de cadera) sino en geriatría. Y allí el personal no era de amable cuento navideño, sino gente de actitud más bien agria y estresada que a cada minuto hacían alusión a los recortes, a la falta de personal y de medios y a la precariedad general de la sanidad pública. Precaria no en su sentido positivo. Yo me había propuesto cuidar de mi padre y estar pendiente de sus necesidades sin tener que discutir con nadie por allí, porque tras varios días eso ya me aburría un poco y no le aportaba nada a la recuperación del señor Antonio. Así que ambos intentamos a duras penas descansar y lo hubiéramos logrado de no ser por las ya mencionadas pesadillas y alucinaciones. Cada poco mi padre me llamaba solicitando en delirios cosas de lo más inverosímil: pedía su bastón para irnos ya a casa o una cadenita o cordoncito para sujetarse el brazo al quitamiedos de la cama o un trozo de turrón que se imaginaba ver en el suelo.
                    La mañana de Navidad mi padre dormía en paz descansando del tormento de una noche toledana. Y yo, además de sufrir por su estado y entre un poco de lectura y un poco de videojuego, también había conseguido dormir algo. Tenía pensado, tras darle el desayuno, coger una silla de ruedas y pasear juntos un poco por aquellos pasillos anchos y decorados con hojas de acebo, bolas y espumillón. En cada unidad de aquella planta habían montado un bonito belén, con su castillo, sus casitas y su río. Mi padre siempre fue un apasionado del belén y de pequeño me llevaba por Reyes a ver el que el señor Baldomero instalaba en Ocaña, con agua impulsada con una bomba y todo. Así que me dije: "Hoy, día de Navidad, tengo que llevar a mi padre a ver un Belén en este hospital como sea". Pero no hubo manera, porque mi padre estaba demasiado cansado y dolorido como para montarse siquiera en una silla de ruedas. Pero no dándome por vencido pensé: "Si Mahoma no va a la montaña, esta tendrá que ir a Mahoma", aunque esta frase no era muy adecuada a mis planes cristianos. Mi padre parecía un poco más orientado tras tomarse su descafeinado con dos galletas. Le recordé que era Navidad. "Ya, hombre" me dijo con orgullo. Pero sospeché con pena que en realidad me hubiera respondido lo mismo si le hubiera informado de que hoy eran los sanfermines. "¿Quieres ver al Niño Jesús?" le pregunté. Y él asintió sin demasiado interés por el tema, quizá porque temía que aquello le supondría esfuerzo. "Pues yo te lo traeré".
                    Justo cuando yo decía esas palabras entraba a la habitación mi hermano Francisco, que venía a relevarme. Le expliqué a mi hermano mayor que me proponía perpetrar nada menos que un secuestro express del Niño Jesús del pesebre que había en la unidad de geriatría. Mi hermano al principio pareció desconcertarse con semejante disparate, pero cuando asimiló la noticia no sólo me mostró su comprensión sino que se prestó de buen grado a colaborar en mis planes de secuestro. La idea era sencilla: ir a Belén y traer al Niño de visita a la habitación 409 para que mi padre pudiera darle un beso y, acto seguido, devolverle a su humilde cuna de paja y heno. Lo que se dice llegar y besar el santo, pero literalmente. ¿Posibles riesgos? Que San José se interpusiera y diera la voz de alarma, provocando los mugidos del buey y los rebuznos de la mula y, en consecuencia, la intervención inmediata de algún pastorcillo, o peor, de algún enfermero o celador que pusiera fin al secuestro tal vez con la ayuda de los GEOS. Por tanto, el papel de mi hermano consistiría en despejarme el camino y distraer tanto a las figuritas ciudadanas de Belén como al personal de geriatría del Severo Ochoa para secuestrar al niño Dios. Hacía falta valor para semejante acto blasfemo, pero la alegría de mi padre finalmente le daría otro sentido al sacrilegio.
                    El secuestro salió a la perfección según mis planes. Sobre todo porque en aquel pasillo de hospital todos parecían estar demasiado ocupados como para prestar atención a este pobre diablo cogiendo prestada la figurita del niño. De todos modos mi hermano se esforzaba por hacer bien su trabajo y me iba susurrando "camino despejado, camino despejado". Yo, con el niño en brazos que iba como Dios, le echaba a mi hermano miradas de lástima, que obviamente él no captaba. Al entrar en la habitación, mi padre nos miró con cierta sorpresa y creí ver cierta alegría en su rostro. Craso error, interpreté que al menos se emocionaba al ver el interés de sus hijos por poner una nota de alegría y humor a aquella dura Navidad. Le dije: "Mira lo que te traemos!". Y tuve la poca cautela de dejarle al niño en sus manos... porque el hombre en su caos mental confundió la figurita de escayola tal vez con una figurita de mazapán. Y, para mi espanto, ya se iba a meter al Niño en la boca, que abría con voraz apetito a pesar de no haber desayunado mal. Como inmediatamente le grité "nooooooooo", mi padre no culminó el bocado que hubiera puesto a prueba su dentadura postiza y seguro que también su gaznate. Y alarmada por mi grito acudió de inmediato una enfermera a ver qué pasaba. "Nada, nada, ya está resuelto". Estas jamelgas con bata acudían con apremio cuando no se las llamaba y no cuando sí hacían falta!
                    A punto de haber estado comulgando literalmente el cuerpo de Cristo, le expliqué a mi padre su error: que aquella figurita no era para comérsela sino para adorarla. Vi que su expresión era de "vaya hijos más gilipollas tengo". Pero su bondad le impulsó a decir sólo: "joder, es que no especificáis...". Y a los pocos minutos el pobre estaba dormitando de nuevo. Hoy, justo un año después de esta estúpida anécdota y aunque no tenga mucho sentido como moraleja, me doy cuenta una vez más de esta convicción mía: que los padres se desviven por hacer lo que creen que es mejor para sus hijos y a veces tal vez se equivocan pero... que los hijos, hagamos lo que hagamos, aunque no pretendamos ser unos ingratos, nunca conseguiremos pagar del todo la deuda improbable que tenemos con ellos de por vida.
                 Jesús Megía
                 24 de diciembre 2012

 

Duérmete

   Esta mañana, según le decía estas palabras a mi padre era como si las estuviera escuchando de él mismo en otro tiempo: “Venga, vamos a dormirnos un poquito”. Se me atragantó otra vez la infancia recuperada.
 
    A mí, tan receloso a esa explicación tan común que ve las vidas como ciclos. Y hoy he visto a mi padre como el niño que fui y soy.
 
    En aquellas siestas obligadas que para mí no tenían ni pies ni cabeza. La gran casa de la Calle Topete confabulaba para pasar de muchas maneras la sobremesa del verano que acababa. De muchas, menos durmiendo la siesta. Tantos gatos que perseguir por el patio, por el corredor, por las escaleras. En la casa de mi abuela María duerme aún mi infancia una insufrible siesta y, de vez en cuando, se despierta sobresaltada; y llorando sin saber bien por qué. Del televisor de la cocina llegaban a nuestra habitación reclamos como las sirenas de Odiseo. Mi padre fabricaba en aquella habitación una oscuridad muy bien lograda para las circunstancias. Como no había más que visillos en la ventaba que daba al corredor, él ponía una manta bien gruesa (en los pueblos siempre hay mantas gruesas) y a mí se me figuraba que estaba levantando una tapia con cemento y ladrillos. Tan sólo una rendija mínima de luz podía hacer que yo me aferrase a la libertad. Aquella ventana en cuyo dintel se cruzaban unas vigas de madera que a mí me parecían un barco. Sentía respirar fuerte a mi padre en la cama de al lado. Sabía que él aún no dormía porque ese era el preludio de un roncar primoroso, casi de manual, que yo heredaría con el paso de los años. “¿No puedo ir a jugar con los primos? Yo no quiero siesta”. Al principio él se interesaba pacientemente por mi inquietud, me advertía de los riesgos de que no pudiera ver los cohetes por la noche porque me caería de sueño, me recordaba que los primos también dormían la siesta en la planta de arriba y echaba mano de otras pocos argumentos, más cansinos que convincentes. Luego me decía: “Venga, vamos a dormirnos un poquito”. Y a mí se me llevaban los demonios porque de mi cabeza salían mil imágenes que se materializaban en el espesor oscuro de aquella habitación de pueblo. Y ninguna tenía que ver con dormirse.
 
    Pero muy pocas veces me fugué de aquella condenada siesta. Me fijaba en esa especie de barco que formaban las vigas al cruzarse, me aburría o me entretenía conmigo mismo y lo siguiente, después de un tiempo largo e impreciso, era que alguno de mis hermanos me despertaba de golpe diciendo algo como “vamos a la plaza a comprar ganchitos, que la tía nos ha dado dinero” o “vamos a la feria a montar en el barco”. Yo miraba de nuevo el barco del dintel (ya no estaba la cortina improvisada con la manta) y me preguntaba si era de día o de noche y qué anestesia me había fulminado de aquella manera. Y luego miraba hacia la cama de mi padre, ya vacía y sin arrugas. Mis hermanos me resolvían la duda. “Él ya se ha levantado y se está poniendo el traje, para ir a la procesión”.
 
    Mi padre vestido con el uniforme de soldado de la Hermandad de la Virgen de los Remedios: pantalón y chaqueta elegantes y oscuros, la banda azul y blanca cruzándole el pecho, el relicario prendido con la imagen de la patrona, la enorme espada que pesaba lo indecible. Mi primo Valentín y yo le mirábamos, él entre admirado y divertido, yo con orgullo. Es mi imagen favorita de mi padre joven. Acabo de hablar por teléfono con mi primo, hemos recordado con cariño esta estampa de mi padre y me ha advertido con ánimo que del suyo ya no puede disfrutar. Es algo que también me recuerda a menudo otro amigo mío, con una pizca de amargura.
 
 
    Probablemente esta mañana mi padre ni se habrá acordado de aquellas siestas en que él custodiaba mi sueño y luego se vestía de soldado. Pero quizá al oírme decirle “venga, vamos a dormirnos un poquito” le habrá parecido que se lo estaba diciendo a un niño, tal vez al hijo que no tengo. Esta vez acostados en la misma cama, la de matrimonio de su habitación, me he creído con la estúpida responsabilidad de custodiar su sueño. Le he visto mirar al infinito por la ventana de su habitación, con unas ojeras tan grandes como las mías estos días en que estoy durmiendo más bien poco. Y miraba como persiguiendo desesperadamente el sueño que no llega en estos días tan calurosos y en estas noches en que le esperanza se escabulle. Y susurrando esa frase como en una letanía, he descubierto que me la estaba diciendo a mí mismo.
 
Jesús Megía
4 de julio 2012
 
 

El hombre de la fotografía


"Tal vez aislados, con un libro en las manos, entregados, con aire de carecer de otros intereses, se muestran más que nunca todas nuestras necesidades"
Ángel Gabilondo, 2011
Darse a la lectura

"Si pudiera contarlo con palabras, no me sería necesario cargar con una cámara"
Se le atribuye a Lewis Hine (1874-1940), fotógrafo

"La profundidad es restituida ahora como secreto absolutamente superficial "
Michel Foucault, 1970
Marx, Nietzsche y Freud

"La vida no consiste en detalles significativos, iluminados por un destello, fijados para siempre. Las fotografías sí"
"Lo que los moralistas exigen a una fotografía es algo que ninguna puede hacer jamás: hablar"
"Pero las fotografías no explican; reconocen"
"Si las fotografías son mensajes, el mensaje es diáfano y misterioso a la vez"
Susan Sontag, 1973
Sobre la fotografía

"En instantes de cámara digital
que tomará millones de fotos
que no habrán existido cuando se apaguen las estrellas,
pero que hoy vibran
ante nuestros ojos"
Manolo García, 2011
Estamos ahí (Los días intactos)

    El hombre de la fotografía se detiene y se demora en la lectura bajo el sol de agosto sentado en un parque de Málaga y a la sombra de su sombrero. Muchas personas son incapaces de leer si hay mucha luz. La página devuelve una doble luminosidad incómoda y leer puede asemejarse a arar con la mirada, arrastrando el sudor sobre otros surcos ya arados en una era que nunca estará bien trillada. Pero arando al ritmo apropiado, las palabras en esa tarea se tornan frutos no tan secos:
"La lección de esencialidad, intimidad y lirismo que Sorolla había aprendido en los patios y jardines andaluces, queda así sublimada en el juego de espejos que tejen los artificios paralelos de su jardín último y su última pintura"


    A veces, el hombre de la fotografía interrumpe la lectura. Con las piernas agotadas de recorrer las calles de Málaga, se queda pensando en otra cosa y, de repente, le viene una palabra.

    Otra palabra.

    Una palabra que evoca mil imágenes que, sólo tramando juntas, tal vez puedan valer por aquella.

    Y a veces le viene una imagen que es el ejemplo contrario. Consultar cómo está el cambio de divisa palabra-imagen no está entre sus costumbres. Ni entre las de casi nadie, aunque no se puede descartar totalmente que esas equivalencias sean provechosas en algún sentido.

    Mil palabras, mil imágenes y probablemente ni un mensaje unívoco.

    Un instante fluyendo, una secuencia congelada y seguro que la vida tampoco se deja atrapar ahí.

    Sí hay entonces un mensaje común a todas las fotografías y a todos los verbos: la despiadada disolución del tiempo.

    De repente, al hombre de la fotografía le viene la palabra luz.

    Y con esta, una imagen. Le viene una imagen en forma de vieja fotografía que le sirve para marcar la página. En esa foto hay otra luminosa tarde de verano seccionada en el curso del tiempo. Y en ella la falsa presencia de dos personas ausentes, sus padres. Dos seres de luz. Esa imagen talismán marca sus páginas...

    Las fotografías son esencialmente luz; los textos son voluntariamente luminosos. Y la luz llama a las sombras, que son su necesario contraste. Muchas fotos y muchos textos oscuros han arrojado tanta luz a los demás tal vez porque su foco procedía de una determinada y luminosa soledad.

    Cuando no es una exclusión impuesta desde fuera, estar solo es un logro: nada  menos que conseguir relacionarse con uno mismo, que no es tarea fácil. Dibujar, escribir y leer han sido muchas veces para él momentos privilegiados de alcanzar ese placer, ese alivio. La necesidad de soportarse a sí mismo y hacerlo con gusto se cumple en la lectura a solas gracias al afecto y a la compañía que se comparte en esas lecturas. ¿Y es tanto lo que se ahí comparte? A veces no se llega a compartir con el autor más que lo que ofrece ese texto.


    También lo más luminoso e interesante de toda fotografía tiene que ver con la soledad de quien la toma y de quien la mira. Lo más sombrío precisamente está en su función social, que hace de la fotografía un rito gregario casi ineludible en cualquier evento, una medicina contra la ansiedad, un medio para experimentar algo y obtener una apariencia de participación. Hoy que tan lejos queda la magia del invento en su origen, la tecnología ha hecho posible que miremos el mundo como un conjunto de fotografías en potencia. "Hoy todo existe para culminar en una fotografía", afirma con agudeza Susan Sontag. La fotografía democratiza cualquier experiencia al transformarla en imagen. Y el deseo de ser sujetos de esas experiencias probablemente favorece un fetichismo de la imagen. La fotografía da también el registro de la identidad, se ha convertido en un testimonio mucho más fehaciente que cualquier otro. El registro de la cámara justifica. Y convertimos la foto en una prueba irrefutable de que sucedió algo. Quien más y quien menos tomamos y guardamos fotografías y cultivamos este afán fetichista tal vez sin pretenderlo:

"Mediante las fotografías cada familia contruye una crónica-retrato de sí misma, un estuche de imágenes portátiles que rinde testimonio de la firmeza de sus lazos (...). El álbum familiar se compone generalmente la familia extendida y a menudo es lo único que ha quedado de ella".



    Al coleccionar así los recuerdos y experiencias en papel -y, aunque menos activamente, al almacenarlos en archivos digitales- se promueve además la nostalgia. Cuando nos sentimos nostágicos hacemos fotos; y cuando las miramos alimentamos de nuevo ese sentimiento, seguramente porque todas ellas son memento mori, es decir, la advertencia o el anuncio de la fatal necesidad.

    "Recuerda que vas morir". El hombre de la fotografía es esencialmente esa advertencia. Esa fracción de mundo detenido evoca cientos de significados y de sentimientos, pero en rigor no hay nada más que comprender. No hay nada más y nada menos que ese pasmo, esa fascinación, ese misterio. Desprovista de narración, nunca se comprende nada gracias a una fotografía.

    Con el talisman entre sus páginas, el hombre de la fotografía se demora en su propia lectura.


Jesús Megía
Enero 2013

El flechazo de la risa

   “Si no me lo preguntan sé lo que es. Si me lo preguntan no sé lo que es”. Suena como las adivinanzas de las abuelas. En este caso el abuelo es Agustín de Hipona. ¿De qué estaba hablando San Agustín? Se refería al tiempo. En fin, si hubieran sido meras pistas de una adivinanza, habría hecho falta ser un niño muy avispado para acertar la respuesta. No sé si me gustaría conocer a ese niño. Pero incluso acertándola, no hubiera tenido mucha gracia la adivinanza, creo yo. Para el tiempo hay mejores adivinanzas y con más ingenio. Las buenas adivinanzas son hermanas del problema, de la poesía y del disparate. Deberían retar un poco a la inteligencia, un poco a la imaginación y otro poco al humor. Las abuelas suelen tener más gracia que los filósofos para las adivinanzas y para todo en general. Y se ríen más. Y nos hacen reír más. Y algunas de ellas hasta son filósofas sin dejar de reírse y hacer reír. Y viven más. Se dice que algunas abuelas han llegado incluso a tener nietos, menudas son.

   La fórmula de San Agustín casi parece como algunas pomadas, que alivian y son de uso tópico. Porque igual que con el tiempo, podríamos hablar así de tantos otros “misterios” surgidos de lo cotidiano, de esas cosas que pareciendo tan naturales sin embargo al reparar en ellas con cierta atención se vuelven especiales y nos dejan perplejos. Como si acabaran de nacer o renacer aprovechando el interés de nuestra mirada. Lo evidente renace de repente como incógnita. Es preciso, eso sí, ponerles los ojos encima un poco como los que ponemos precisamente al resolver una adivinanza. Así pasa con el tiempo, que dejándolo pasar no pasa nada pero dándole su tiempo, el tiempo nos para. El tiempo sé lo que es si no me lo preguntan, pero si me lo preguntan ya no sé qué es.

   Vamos a aplicar a otra incógnita la pomada de San Agustín pero retorciendo un poco el tubo de uso tópico, a ver qué sale. Sin ir más lejos, probaremos su fórmula precisamente con la risa. ¿Qué es la risa? Si me río sé lo que es. Si no me río no sé lo que es. Acertado a más no poder. El recopetín de las verdades, casi da risa reconocerlo. Si no me voy a reír, para qué necesito definiciones de qué es la risa. Déjame perplejo, pero de risa. Eso mismo le debieron de decir desde el auditorio al conferenciante más triste, aburrido y malhumorado del mundo un jueves por la tarde en que le tocó perorar sobre el sentido del humor.

   Tiempo de reír. Hay que echarse unas risas. Atiende ahí, ¿a qué hora? ¿cuál es la mejor hora para reírse? Pues a la hora en que esté prohibido o la hora en que no se la espere, eso está claro. Aunque no sea su intención, la risa es pariente de lo irreverente, que por desgracia rima también con impertinente. Cuando no es hora de reírse va e irrumpe de repente la risa tonta y nerviosa. O surge el ocurrente, ay, qué risa y qué miedo nos da ese. Qué ocurrencias tiene, oye. Lo que termina ocurriendo es la risa, que suele tener algo de intempestivo, algo que consigue partir el tiempo justamente en ese momento en que nos estamos partiendo nosotros. La sentimos como una flecha que nos parte y nos libera. Primos de los Cupidos del amor son tal vez los del humor. Pero no nos hace falta a toda costa el gracioso sino que nos basta con que la gracia sea compartida, la atmósfera adecuada, como dirían los refitoleros. Qué difícil lograr esa “atmósfera” alegre en grupo, con tanta tensión, tanto trabajo, tanto proyecto… todo ello en equipo. Pues a los niños les sale sólo, fíjate, seguro que porque ni se plantean lo de que todo ello es en equipo. Qué bien equipados que empezamos la aventura…
   Y lo que cuesta llevar siempre encima un poco de gracia y mira que es ligera! De gracia me vas a poner tres cuartos en lonchas finitas, que es para la merienda de los niños. Y un paquetito de sal, haz el favor. No, vinagre no, por favor…

   A veces esperamos la risa como un toque de gracia, como una luz, como agua fresca de mayo, como un aliento… como un fármaco. Indicado para mejorar lo que es el riego, puede provocar distensión, espasmos abdominales y lagrimeo, en caso de carcajada fácil consulte a su farmacéutico. Se habla de la risa como la mejor medicina, hablamos de risoterapia, de la risa como una salud que se contagia. Y nos gusta que nos hagan morir de la risa, toma paradoja, porque el tiempo de reír es justamente el tiempo de no querer morirse. Y terminamos tan adictos a la risa que acabamos propiciándola. Y cuando notamos que eso ocurre espontáneamente, no sólo nos reímos sino que lo admiramos. Y se dice: “mira ese, siempre está de buen humor”. Pero eso es tan raro como decir: “mira fulanito, nunca está enfermo, ni un mal constipado”. Tanta salud es como para reírse… Pero es cierto que una vez adquirido el hábito de la risa, no es fácil perderlo ante cualquier adversidad.

   El tiempo, que tanta perplejidad nos provoca siempre que nos lo planteamos, también es como para desternillare. Esas veces en que reparamos de verdad en que somos temporales y finitos (aunque algunos parezcan eternos y gorditos) ponemos cara de circunstancia, como se suele decir. El tiempo de la seriedad hemos de concedérnoslo siempre, pero no podemos permitirnos volver siempre a lo sombrío como a una orilla a la que estuviéramos varados y nos arrastrasen no sólo las olas de la tristeza o del sufrimiento sino también, como suele ocurrir, la marea del puro aburrimiento. De esa pesadez nos deberíamos esforzar por aligerarnos todo lo que podamos. Alegrarse y reírse son un desafío en todo tiempo. Y el esfuerzo por reírse no es un tiempo perdido, es más bien ganarle cada día la batalla al tiempo que se nos va.

   Enrique Jardiel Poncela nos hace reír con esa batalla ente las personas y el tiempo en “Cuatro corazones con freno y marcha atrás”. Dos parejas algo excéntricas y un cartero muy simpático apuestan por la inmortalidad tomando el elixir de la eterna juventud. El doctor Ceferino Bremón, uno de los cinco inmortales de esta obra teatral, descubre unas sales extraídas de una supuesta “alga frigidaris” que eterniza la resistencia de los tejidos y hace que el que es joven se conserve joven y el que no lo es rejuvenezca. “Podemos reírnos del pasado, del presente y del porvenir”, dice el doctor Bremón. Parece la solución a todos los problemas: poder casarse y responder afirmativamente a lo de “¿me querrás siempre?”, poder recuperar la belleza juvenil y no tener que mentir para quitarse años, poder cobrar la inmensa herencia que un tío con muy mala leche ha dejado en su testamento para ser cobrada a los setenta años de morir él… El argumento es lo bastante disparatado como para dejarse matar de risa. Jardiel saca un divertido partido al juego del tiempo, primero como eterna juventud y luego como tiempo que va hacia atrás desde la madurez hasta la infancia.
Porque estos pioneros inmortales… ¿disfrutan de la inmortalidad?:

BREMÓN: Sí, los primeros treinta años, sí. Cada cual cumplió sus sueños. Pero todas nuestras amistades se morían de vejez.
EMILIANO: Yo una vez eché la cuenta, y hemos asistido a tres mil doscientos entierros, doctor… ¡Lo que me tengo reído!
BREMÓN: Pero no me negarás que es para deprimir a cualquiera. Todo el mundo pensaba de diferente manera que nosotros; al principio, sólo estábamos de acuerdo con los viejos, y más tarde, ni con los viejos siquiera, porque ya pertenecían a otra generación, y hasta los viejos resultaban para nosotros demasiado jóvenes. Las ciudades se nos hacían inhabitables…
EMILIANO: Dígamelo usted a mí, que últimamente hasta para poder cruzar cada calle tomaba un taxi…
BREMÓN: Y gracias a que ideé yo esto de retirarnos a una isla desierta…


   Esa isla viene a ser algo así como “La Isla de los Nominados a Vivir Siempre Aburridos”. Descartado el suicidio, Bremón inventa el remedio para escapar de ese tedio, un nuevo elixir bastante especial:

BREMÓN: Iba a proponeros el volver a ser jóvenes de veras, y serlo cada día más, y al fin… morirnos de niños.

   El humor de Enrique Jardiel Poncela consigue que esta última idea del tiempo hacia atrás vaya más allá del dramatismo petético y del preciosismo publicitario de, por ejemplo, la película basada en “El curioso caso de Benjamin Button”. Porque son hilarantes las consecuencias de volver a ser joven, que tus hijos te reprendan por llegar tarde de fiesta y tener que responderlos recobrando la dignidad de padres:

VALENTINA: “No hay pero que valga, Chichín. Suponiendo que nosotros hiciésemos algo malo, que no hacemos más que lo propio de nuestra edad, deber de hijos es disculpar a los padres, no acusarlos”

  
Emiliano, el único corazón que prefiere seguir con el freno echado y no dar marcha atrás (no llegó a tomar el segundo elixir) no sabe ya a quién dar la razón, si a los hijos paternales o a los padres rapazuelos.

RICARDO: Todos llevamos razón, Emiliano. Ellos son viejos y piensan y sienten como viejos; pero este no es motivo para que quieran sacrificarnos a nosotros en plena juventud feliz, que se nos va de las manos por días…
BREMÓN: ¡Ahí le duele, que hay que aprovechar cada hora!
VALENTINA: ¿Cada hora? Cada minuto… Cada segundo ha que aprovecharlo y estrujarlo, y consumirlo en reír y en disfrutar del sol, del aire y de la luz que lleva uno dentro. Y en quererse… (Se abraza a RICARDO)
BREMÓN: En quererse. Está dicho. (Abraza a HORTENSIA)
EMILIANO: No, señor. Para mí morirse es un error.
BREMÓN: ¿Qué va a serlo?
LOS TRES: ¡Qué va!
BREMÓN: Morirse es un acierto estupendo… Morirse es vivir… Cuando se ha sabido aprovechar la vida, morirse es vivir. De igual manera que cuando no se ha sabido aprovechar la vida, vivir es morirse.
RICARDO: Entonces, viva la vida; pero viva también la muerte.
BREMOÓN: Eso, eso…
TODOS: ¡Vivaaa!

   Jardiel en otro escrito (“Para leer mientras sube el ascensor”) se atreve a lanzar un aforismo sobre el tiempo, a medio camino entre la metafísica y la greguería: “Cada ser tiene todo el tiempo que existe”. Es su particular teoría de la relatividad del tiempo. Einstein y Jardiel se hubieran reído mucho juntos. Pero la ocurrencia es especial: cada uno tenemos todo el tiempo que existe, el tiempo de los mortales es obviamente el subjetivo, no el tiempo absoluto sino nuestras efímeras vidas que no paran de fluir. Emilio Lledó explicaba así esta concepción del tiempo: “La característica esencial de ese proceso físico es su total efimeridad. Insertos en la “flecha del tiempo”, cada instante de nuestra vida, medido por los irreversibles y irrepetibles latidos de nuestra sangre, desaparece en su esencial fluir”. Si lo efímero es literalmente lo que ocurre alrededor de un día, esa flecha del tiempo debería coincidir en su trayectoria con esa otra flecha que nos suele partir para bien cada día, la de la risa.

Jesús Megía
Julio 2010