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Siguiendo la pista al pisto de Rosario, mi suegra favorita




Este es el tipo de pistos que se monta mi suegra



  De cómo conocí a mi suegra y me dio el pisto bueno como yerno

  Hay veces en que conviene comenzar las historias por el principio, sacrificando la intriga en aras de la claridad.

  Una de esas veces esta: la narración de cómo cocina el pisto la madre de mi novia. ¿Y para contar eso se requiere desvelar antes cómo conocí a esta mujer? Pues yo diría que no está de más hacerlo, aunque sea siquiera dando un par de pinceladas acerca de aquel episodio. Igual me salen finalmente brochazos. Pero en ningún caso me alargaré ni entraré en detalles, por mucho que sea tentador (ahora que soy padre) empantanarme en recapitular por escrito una historia bien entretejida con que entretener o aburrir algún día a mi hijo. Habrá otros padres que seguro prefieran contarle cada noche a sus hijos un serial del tipo "¿Cómo conocí a vuestra abuela?",  pero yo para eso me quedo con los cuentos de hadas y brujas... 
    Pues mi suegra desde luego que lo es. Un hada madrina me refiero, sintiendo chafarle las expectativas a quienes creyeran que en esta receta me proponía yo maldecir de mi suegra. Sería demasiado típico. Tampoco caeré en el empalago descafeinado de rendirle aquí un pelotero homenaje a la Rosario, aunque el título pudiera sugerir lo contrario por aquello de "mi suegra favorita". Como estrategia no siempre resulta eficaz hacer la rosca, como me demostró una vez mi amigo Tivito con el siguiente testimonio sobre la hospitalidad que él le brindaba en su domicilio a la mamá de su esposa; merece la pena leer aquel párrafo con el que aún me retuerzo: 
"Aquí tengo a mi suegra haciéndome comidas, porque entre pañales y biberones sólo dedico mi tiempo a hacerla la pelota y observar cómo la perra me deja todas las noches en el baño su dentadura postiza remojándose en mi vaso preferido, dejándome el sumidero atascado con colillas de Ducados y acabándome la reserva de mis mejores vinos. Aquí habrá hostias".

  Insuperable, cuánta ternura y conciencia de unidad familiar. Se aprecia en el sujeto, no obstante, quizá un exceso de celo y apego por sus pertenencias personales.
   Más prudente será contar las cosas con menos pasión. Pero, eso sí, dejaré claro un hecho innegable y tozudo: lo mío con mi suegra fue un flechazo. Mi novia me la presentó una mañana de febrero y en aquel preciso instante entre Rosario y yo sencillamente surgió un espontáneo intercambio de refranes. El que ella me endilgó ya no lo recuerdo, porque esto sucedió hace mucho tiempo y, sobre todo, porque me dejó hechizado con su refrán. Sólo recuerdo que mis labios sólo acertaron a responder: "Hasta el cuarenta de mayo no te quites el sayo". Sólo días después pude saber que el Cupido de los yernos y las suegras había tenido buena puntería en ambas direcciones, cuando mi chica tuvo a bien informarme no sin gozo de lo siguiente: "Le has caído muy bien". Ante una noticia así uno nunca sabe bien como tomárselo. Y ningún refrán cuadra. De todos modos ya han pasado años desde aquel día en que Rosario me dio el pisto bueno. De aquel flechazo y aquel visto/pisto bueno viene la buena relación que hoy tenemos. Yo no tengo queja, más bien lo contrario. Y creo que ella tampoco, aunque nunca me molesté en cerciorarme; quizá como mucho mencionaría la mujer lo sospechoso o claramente inapropiado que le resultó algún comentario mío dicho en su momento con ánimo festivo. En fin, si me dijera algo en contra sólo se me ocurriría alegar lo mismo que Serrat en aquella canción:
                        
                           Ya sé que no soy un buen yerno,
                           soy casi un beso del infierno.
                           Pero un beso al fin, señora.
                           

Lo nunca pisto

   Un pisto es un plato sencillo, sabroso y combinable con otros manjares de parecidas características como el huevo frito o una patatica frita. O también podemos hacer pistos más sofisticados con bacalao, con atún, con costillas de cerdo, con más pisto, etc. Muchos estarán pensando; "pues un pisto tampoco es que tenga mucho secreto". Bien, eso puede ser verdad pero ¿quién ha hablado de secreto? ¿para que nos hace falta ahora un secreto? Cuando vayamos a cocinar un secreto ibérico ya nos encargaremos de comprarlo y de buscar la mejor manera de prepararlo. Tal vez algún día me ocupe de una receta para cocinar secreto, pero de momento como es natural no lo desvelaré. Porque entonces ya no sería un secreto. 

   En cambio, el pisto sí que admite una chuleta, concretamente esta de papel donde se resume muy sucintamente la receta:


   Bien,  hay quien al sofrito le añade también zanahoria o berenjena. No es el caso de Rosario. Además en caso de añadirse berenjena, según parece, ya no estaríamos hablando de pisto sino de ratatouille. Es lo que tienen las recetas tradicionales, que admiten alguna que otra variación, si nos pasamos de variaciones ya hablamos de otro plato diferente. ¿Cuántas variaciones puede admitir un plato tradicional? Pues sencillamente, las que admita. En cocina se oye mucho eso de "lo que admita" como criterio de medida: ¿cuánto de sal? lo que admita, ¿cuánto de agua? lo que admita, ¿cuánto de cianuro? lo que admita. Pues bien, consideraremos la berenjena y la zanahoria inadmisibles en nuestro pisto, a no ser que lo llamemos de otra manera (pistón, pistote, pistatouille...).
   Según dicen, la palabra pisto quiere decir muy troceado, ligado o muy revuelto. Así que el pisto consiste básicamente en un revuelto de diferentes verduras. Y cuenta la historia que este plato llegó a nuestro país allá cuando lo habitaban los árabes, gracias a un individuo llamado Zizyab. Por lo visto (o en este caso, por lo pisto) Zizyab era la vanguardia misma del arte culinario  de la época pero con un poco de malas pulgas, en fin, una mezcla de Ferrán Adriá y Alberto Chicote.  En la boda de una princesa con un califa preparó un plato muy parecido a lo que hoy conocemos como pisto. Aquel plato se componía de verduras refritas, como berenjenas, calabacines, cebolla, aceite de oliva y membrillo. Una becaria entonces le preguntó durante la preparación: "maestro Zizyab, ¿y de membrillo cuánto le echamos para que sea del agrado de la princesa?". Y el chef, echándose manos a su turbante de cocinero y bastante airado, según dicen, le contestó: "¿Para que sea del agrado de la princesa dices? Qué cosas preguntas! Pues lo que admita!" (en árabe original le dijo exactamente esto: "Ala maja, una miaja de la rodaja y la chavala lo jala"). Más allá de la veracidad de esta anécdota -de la que tampoco hay por qué dudar- de lo que sí que no hay duda es de que sólo siglos más tarde esta receta del pisto cambiaría el membrillo por el pimiento y el tomate, dando lugar a lo que hoy en día conocemos como pisto.

   Con todos mis respetos para el afamado cocinero Zizyab, yo para esta receta no contemplo más chef ni más califa que mi suegra. En el siguiente epígrafe se muestran y se comentan unas imágenes de su ciencia y arte para el pisto, conocimiento que también suele llamarse pistemología.
Pisto y no pisto

   Siempre que se habla de pisto se le apostilla rápidamente como pisto manchego o pisto de calabacín, por ser esos respectivamente la zona geográfica y el ingrediente emblemáticos del plato. Sin embargo, yo asocio antes el pisto al tomate, no me preguntéis por qué. Porque igual os respondo. Yo creo que es tanto por el sabor como por el color característicos del pisto. Hemos visto antes cómo la evolución histórica de la receta cambió el membrillo por el tomate. Esto sucedió no antes del siglo XVI, porque como podemos leer en los libros de historia el tomate se descubrió en esa época en el pasillo de las verduras de un Carrefour de la ciudad sagrada de Cuzco. Y curiosamente ya los incas solían repetir esa letanía tan familiar hoy día de "estos tomates ya no saben igual que los de antes", de lo que podemos deducir que los primeros tomates debieron de tener un sabor tan intenso que no lo podía soportar el paladar humano. Por otra parte, cabe preguntarse por qué a estas civilizaciones no les dio por inventar el pisto. Algunos investigadores conjeturan que sí comían una especie de pisto precolombino pero que aún no se disponía de la condiciones culturales y sociales necesarias para hacer un auténtico pisto, condiciones que sólo surgirían siglos más tarde en La Mancha y al abrigo de las cuales también surgieron Don Quijote y Pedro Almodóvar.  En lo que sí se ponen de acuerdo es que los españoles sí hicieron un pisto histórico en las américas en la época en que se trajeron el tomate a Europa. En la foto, diez tomates sonriendo porque habían superado el duro casting al que los sometió Rosario para esta edición de "El Pisto".
  El calabacín tiene que pelarse, limpiarse de pepitas y trocearse tal y como se muestra en la foto, en trozos ni muy grandes ni muy pequeños sino lo que admita. Aprovecho para reivindicar aquí la dignidad del calabacín que, pese a su nombre diminutivo, es una planta con entidad propia y con mucha planta. Se han visto calabacines de 10 metros de longitud, vaya que si  se han visto, como para no verlos... más grandes y hermosotes que muchas calabazas. Y que algunos yetis. Para nuestro pisto son suficientes calabacines normalitos, ¿cuántos? Los que admita según los comensales. Para hacernos una idea: si por algún imprevisto esperamos cuatro comensales, digamos cuatro yetis, aplazaremos mejor la preparación del pisto y llevaremos a los invitados venidos del Himalaya de visita turística por el Madrid de los Austrias y durante el paseo les convidaremos a pipas y cacahuetes, lo que admitan. Y que beban agua de las fuentes públicas, siempre sale más a cuenta este plan. Esto lo he consultado con mi suegra y me ha vuelto a dar el pisto bueno.
  Estas manos que vemos accionar cual trilero en la imagen pertenecen a la señora madre de mi novia, bendita sea. Y mi suegra también. Como se puede apreciar, hay que remover bien y velozmente el sofrito. Y hay que hacerlo lo más rápido que nos permitan nuestras manos. Aunque es seguro que nunca lograréis moverlo más rápidamente que Rosario, es comprensible. La velocidad de una suegra estándar (y la mía es excepcional) es, para que os hagáis una idea, de Mach 2 ó Mach 3, es decir, supera con creces la velocidad del sonido. Tanto es así que yo haciendo el pisto con ella le quise decir "Rosario, voy pelando los tomat..." y antes de terminar yo la frase ya tenía ella todo cortadito en la sartén y friéndose y le había dado tiempo también a limpiar los utensilios y a leerse el suplemento dominical de la Nueva España. De hecho, para captar la imagen congelada que vemos en la foto fue necesario usar una cámara especial ultrasónica, la misma que usan los periodistas para captar todo el flujo de sandeces por minuto que salen de la boca de Ana Botella.

Nos quedó al final un pisto muy rico y nutritivo a la suegra y al yerno aquel domingo de agosto. Quisiera destacar que para ello fue fundamental el trabajo en equipo a pesar de que, como ya he mencionado, ella iba con respecto a mí como una aeronave con respecto a una tortuga. Y qué majas que son las tortugas, ahí estudiando bien sus movimientos y moviéndose sobre seguro. Algunas gracias a esa disciplina, paciencia y control llegan a alcanzar el rango de tortuga ninja. Lentamente, pero lo logran. 
Los matasuegras los carga el diablo
   Finalizaré este pisto de receta oportunamente con una breve disertación sobre las suegras, los yernos y las nueras, sin más (ni menos) pretensiones que la de invitar al lector a su propia reflexión sobre este tema. Un tema que no pocas veces nos revuelve como si fuéramos ingredientes de un pisto. Pero no siempre con igual provecho. 
   ¿Por qué las suegras en las diversas culturas cargan con un estereotipo negativo? ¿Por qué hay tanto chiste y tanto pitorreo con las suegras? Pues bien, hay que recordar primero que la suegra desempeña un papel más importante en la vida familiar que el suegro por su difícil situación frente a la nuera. Los suegros dan menos juego, quizá un poco más a los yernos. En segundo lugar, las suegras tienen un papel y función de madres en la mayoría de sociedades, tiene un marcado acento protector y supervisor de los hijos. Este papel concretamente en nuestra cultura es sobrevalorado y da origen a malos roces y hostilidades entre las suegras y las nueras y las suegras y los yernos.
   En el caso de las mujeres, estas ven a la suegra de una manera más hostil que los hombres, según reflejan los estudios y encuestas en los que se entretienen los especialistas en cosas de estas del alma, de la sociedad y del hombre en general. Por un lado, las mujeres en su mayoría perciben a la suegra como una persona entrometida, manipuladora, egoísta, celosa y posesiva. Mientras que por su parte los hombres por lo general tienen su propio modo de mirar y relacionarse con las suegras. Estos no dejan de calificarlas como fiscalizadoras, metijonas, posesivas y sobreprotectoras, pero en menor grado con respecto a las mujeres. Pero es que además suele ser común que los hombres vean a sus suegras como segundas madres, amables, consejeras, generosas. Y ya no digamos cuando las suegras se convierten en abuelas, en cuyo caso puede decirse que la figura de suegra se pierde para convertirse en una aliada, en una imagen de ternura y ayuda como es la de abuela preocupada por los nietos.
   Pues yendo de lo general a lo particular, tampoco voy a andar presumiendo de superguay pero es cierto que mi suegra y yo nos acercamos bastante a ese último caso de binomio suegra-yerno, dentro del respeto y el decoro y contando con sus manías y también con las paridas inoportunas que yo le suelto. Por algo es mi suegra favorita, con y sin recochineo, pues de las suegras actuales del panorama mundial es sin duda la mejor. Y desde luego sí que  fue el caso calcado de, por ejemplo, mi padre con respecto a mi abuela materna. Mi padre, dicho sea llanamente, se llevaba fenomenal con su suegra. Tal vez fueran el yerno ideal y la suegra ideal. Yo creo que a mi padre le sonaba bien la palabra suegra, que tampoco es tan cacofónica. Siempre suena menos cursi que "belle mére" como la llaman los franceses. Y menos fría que "mother in law" como dicen en el ámbito anglosajón. Y, desde luego, es menos cruel que como se dice suegra en alemán: estorbo.

Jesús Megía López-Mingo
Octubre 2013
 








Mira que eres quesada




Receta de una quesada bien atrezada según mi amiga María
 


    Como Dios manda

  A nadie nos gusta que "nos la den con queso". Pero imaginad una quesada sin queso. ¿Sois capaces? ¿sí? ¿lo tenéis ya en vuestra mente? Enhorabuena, yo no puedo. Es como imaginar una pesada sin peso, una helada sin hielo o un compuesto heterocíclico sin un elemento diferente al carbono, de todos es bien sabido que son quimeras. No es preciso discurrir mucho. Son disparates tan oscuros que no entran en la cabeza de nadie. Aunque hayáis visto algo diferente a esto en Youtube o en el No-Do o donde sea, nosotros vamos a elaborar una quesada con queso, como Dios manda. Aunque a mí esta receta no me la mandó Dios sino María.


   Y ella nos la da con queso

  Aunque no con queso fresco, como pone en el papel. Ni siquiera con el tradicional queso pasiego.  Ella misma me advirtió que para esta receta lo que necesitaríamos es queso de untar tipo Philadelphia; insistió mucho en este punto, vamos, que se puso un poco quesada. ¿Por qué? Bien sencillo: en honor a los pasiegos del siglo XIX que, tras el drástico corte de comercio que manteníamos con América, favorecieron por suerte el contrabando de mercancías prohibidas desde otros países. Por tanto, esta quesada pasiega-filadelfiana es como un homenaje a ese comercio ilícito que ayudó a muchos cántabros a mantener sus hogares y familias. También podéis usar para esta quesada otro queso crema o untable que no sea de la marca Philadelphia, como San Millán, Hacendado, etc. Lo importante es que sea fresco, rico en grasa, semiblando, de sabor ligeramente ácido, agaradable y untable. Pero si no usáis Philadelphia tened en cuenta que el acabado final no tendrá ese aroma histórico y clandestino que nos retrotrae a siglos pasados y a los montes aledaños al valle del río Pas. Que eso lo valoran mucho sobre todos los más pequeños de la casa, siempre nostálgicos y regodeándose en épocas pasadas. En cambio no les llamará tanto la atención esos sabores de archivo a los abuelos, más pendientes de sus tablets, sus videojuegos de petanca y cosas de estas de choteo y entretenimiento.

   Yogures de sabores
 
   Una de las mayores dificultades para elaborar la receta fue encontrar yogures de harina. Busqué en vano en cientos de comercios. Pasé por fin a un chino (un jueves a las doce y media de la noche, que es la mejor hora para comprar en un chino, pues el chino, tras haber marcado el reloj la media noche, habla castellano y da bien el cambio sin apartar la mirada de la serie china que proyecta su mini tele bajo el mostrador) y me sacó  de la trastienda un yogur de limón con muesli caducado desde 2003 argumentando -en perfecto castellano de Palencia- que su sabor se asimilaba al de la harina. Pero no me arriesgué. Aunque tampoco busqué más. Entonces...

   ¿Qué diréis que hice?
 
   Pues atención a las ideas locas que nos pueden llevar al éxito: sin amilanarme lo más mínimo, remedié la falta del ingrediente original sencillamente llenando con harina de trigo el recipiente del yogur utilizado. Miré rápidamente a ambos lados por si alguien me observaba mofándose y vertí con decisión el yogur enharinado en el vaso de la batidora. Hoy, sin embargo, visto el buen resultado de mi improvisación, no me avergüenza contársolo, más bien me llena de orgullo y harina.
 
   Una vez metido en harina, decidí hacer otro tanto con el yogur de leche y el yogur de azúcar que apunta la receta original, aunque tales sabores fueran más fáciles de obtener en el mercado. Pero claro, razoné:

  1: "Caray, la leche y el azúcar deben de ser materias primas sin duda más baratas que el yugur de leche y el yogur de azúcar, que además vendrán en packs indivisibles y probablemente con cromos de Doraemon o Bob Esponja que no me son de primera necesidad"
  2: "Córcholis, además como lo casero no hay nada".

   De ambas premisas concluí inmediatamente una acción: montar como pasajeros a uno y otro ingrediente en el vaso industrial de plástico que ya había transportado antes el yogur natural desde la fábrica y la harina desde un bote de mi cocina, bastando dos nuevos viajes para que también la leche y el azúcar se reunieran con gozo junto a sus compañeros de viaje en el fondo del vaso de la batidora. Qué mejor destino turístico para dar vueltas.

   Lo tenemos a huevo con estas pintas

   Cuando se elabora un postre, sobre todo si es sencillo como este, hay que cuidar mucho la calidad de los huevos. Sin descuidar tampoco los otros ingredientes, claro. Del queso cremoso ya he hablado. ¿La leche? Era la leche: la ordoñé y pasteuricé personamente en la granja de un amigo. ¿El azúcar? Me lo prestó mi vecina Doña Paca que a sus ochenta está mejor que yo y es más salá... pero su azúcar es dulce. ¿La nata? Era la flor y nata de todas las natas en su estantería de natas ahí en el súper. Pero los huevos yo siempre los cuido con especial mimo. Para esta quesada pasiega-filadelfiana no usé precisamente huevos cántabros sino asturianos, puestos con amor materno por la famosa Pita Pinta. 

   Veréis, la Pita (gallina) Pinta Asturiana es la única población de gallina autóctona del Principado de Asturias. Como no voy a presumir aquí de entendido ni mucho menos, a continuación refiero la descripción que de esta raza de gallina se recoge en la página web de la ACPPA (Asociación de Criadores de Pita Pinta Asturiana):





"Es un animal eumétrico, semipesado, de cola más bien corta; ojos de color anaranjado, cresta y barbillas de tamaño mediano, pequeñas en las hembras y orejillas siempre rojas. Patas y pico de color amarillo con manchas negras. Buena mediana ponedora, rústica y ambiental, conservando en semilibertad un carácter maternal muy bien desarrollado. El plumón del pollo es de color negro y blanco en las variedades pinta negra y negro abedul y roxu y blanco en la variedad roxa, pero distribuidos de una manera particular y uniforme, que esta directamente relacionada con las características de la pluma definitiva en el animal adulto. Según de distribuya la zona pigmentada (negra o roxa) por el cuerpo del pollo, dará lugar a las distintas variedades de la raza (variedad pinta, blanca, roxa y abedul). En la variedad pinta, el negro se extiende siempre dorsalmente desde la cabeza hasta la rabadilla, sin incluirla, abarcando a su vez el tercio proximal del ala y descendiendo de manera más o menos simétrica por ambos lados del cuerpo, abarcando la parte posterior del muslo. En el color del plumaje machos y hembras son iguales hasta la aparición de los caracteres sexuales secundarios. Las rémiges 1º y 2º de las alas son blancas, así como las timoneras de la cola y las hoces de los machos. El brillo de las plumas es azul verdoso. El plumaje del adulto es negro pero cada pluma tiene el extremo blanco lo cual produce el moteado típico. Los huevos son de color crema tostado y suaves al tacto. El peso del gallo ronda los 4-4,5 kg. y el de la gallina los 2,7 kg".
    Pues bien, es un lujazo poder usar huevos de Pita Pinta en la alaboración de una quesada pasiega-filadelfiana. Yo conocí esta raza de gallina en Sirviella, un puebecito del oriente asturiano cerca de Covadonga. Me las presento un paisano muy interesante que se llama Pepín que además me contó cantidad de información sobre el mundo rural asturiano. Pero en aquella tierra se pueden encontrar por muchos pueblos en semi-libertad ya que esa es la manera de criarlas, aunque se adapta también a gallineros con pequeños cercados. Si vais por allí y negociais personalmente con alguna Pita Pinta (son tenaces y poco dadas al regateo por mucho que uno las cacaree) tal vez os dejen sus huevos a un precio razonable, pero al regatear no olvidéis que en cierto modo estás comprando huevos de oro.
 
 De izquierda a derecha: dos ejemplares de Pita Pinta   
(Triana y Amparo) y un ejemplar de Pitu Pinto (el gallo Pelayo). Como esta receta requiere precisamente de tres huevos, tomé uno de cada uno de tres estos ejemplares, pues en la variedad está el gusto...
 
Es característico el color crema de los huevos de la Pinta, así como su suavidad al tacto. Empollados, pueden llegar a adquirir incluso la suavidad del plumaje de un pollito, pero imagino que se baten peor.
 
 
      No está el horno para pollos

      Efectivamente, los pollos de la Pita Pinta ni se baten ni se hornean. Pero sí sus huevos sin empollar y batidos junto con nuestra mezcla de yogur de harina, yogur de leche, yogur de azúcar (dos), yogur de yogur, brick de nata y los 250 grs. de queso Philadelphia. Yo al principio lo tuve en el horno el tiempo que indica María en su receta, pero fue insuficiente. No obstante, como en el papel ponía "+ ó -" lo tuve otros 30 segundos más. Y tampoco se hizo. Me dije entonces: "bah, lo voy a tener media hora en lugar de los 30 segundos que pone en la receta, porque tal vez mi horno no sea como el de ella". Pero tampoco pasaba aquello de líquido a cuajado, incluso dejándolo en el horno una hora o más (yo esperé una tarde entera hasta que empezaron las noticias de Cuatro). Por fin descubrí que el secreto está en los grados de inclinación de la bandeja o rustidera sobre la cual se deposita la mezcla o pre-quesada. María lo deja bien claro en su receta, pero recomiendo no dejar directamente la bandeja a 180º (es decir, en plano) sino ir ajustando los grados poco a poco. Adjunto foto con pie aclaratorio:
     

Ajustando la quesada en el horno a los grados requeridos por la receta. Aquí vemos cómo a 120º la quesada soporta la inclinación, pero el transportador se resiente. Especialmente porque, por otra parte, hemos subido la temperatura del horno. Aunque la receta no mencione esa maniobra paralela, nosotros hemos creído conveniente añadir este ajuste de mandos del horno (en nuestro caso giramos el botón hasta donde ponía "hornear quesadas)". Tal vez este toque sólo sirva para dar un poco de cuerpo a la quesada y que sea comestible además de bebible. Muy probablemente salga igual de rica sin tocar ni un botón del horno. Yo no tuve paciencia. Probad vosotros a ver, aventuraos en seguir la receta tal cual: la gastronomía es el reino de los intrépidos. 


   Mantequilla para dormir tranquilos y evitar quesadillas
 
   Es algo que no se explicita en el papel pero es de cajón. Del cajón del frigo donde guardáis la mantequilla, pues conviene untar con esta el fondo de la bandeja a fin de que no se pegue la quesada. Un último consejo: para ajustar bien los grados de inclinación a los que antes nos referíamos no es mala idea fijarse un poco en cómo la superficie de la quesada va dorándose y adquiriendo un ligero tono tostado. Como el tono de los huevos de la Pita Pinta precisamente. Y su volumen general va tomando un poco de espesor. También puede ir tanteándose con un utensilio punzante para ver si la crema ha cuajado lo suficiente o sigue líquida.
 

Este es el acabado más sencillo de la quesada pasiega-filadelfiana, el que viene de serie, no incluye ningún extra. También puede espolvorearse sobre ella azúcar glas o canela, lo cual le confiere al plato un ligero y finísimo toque rayano con la más delicada y excelsa esquisitez de lo genuino, pero así sin na también queda de puta madre. Este tecnicismo lo usaba mucho mi padre.


Esta sugerencia de presentación tiene un aspecto fresco y apetitoso, pero mi amiga al verla sugirió: "Eso con mermelada de fresa... pa morirse!". En otra ocasión abordaremos la elaboración de ese complemento, de momento os reto a que imaginéis una mermelada de fresa sin fresa. ¿Ya lo tenéis? Pues yo no. De una u otra manera, próximamente también publicaremos la receta de la tarta de queso de mi primo Ismael, que requiere el añadido de mermelada de frambuesa.


   Bueno, bueno... no tenéis excusa para dejar de preparar esta deliciosa quesada según el sencillo esquema de yogures, crema de Philadelphia y minutos tan breves que parecen segundos que nos propone María. Ella además, según me dijo, reinventó el género sustituyendo en esta receta azúcar blanca por azúcar moreno, precisándonos que "no hace falta que canten".  Con una u otra variedad, tanto si sois golosos como si no, os aseguro que no os arrepentiréis y al probar esta quesada os pondréis a cacarear gozosos como una Pita Pinta en semilibertad.
 
Jesús Megía
Julio 2013
 
 
 



Palmeritas de chocolate y avellana

 
  
Receta de las palmeritas de puño y letra de mi amiga


   Me tienes en palmitas, corazón

   Esta receta que nos dedica mi amiga Piedad requiere, más que ninguna otra, poner el corazón al elaborarla. No es difícil adivinar por qué...
 
   Palmas, palmitas, palmeras... Palma originalmente es la parte plana de la mano. Las hojas de las palmeras se llaman palmas porque son anchas como la palma de la mano y tienen puntas que se parecen a los dedos. Y nuestras palmeritas de chocolate y avellana son asimismo palmas o planas como la palma de la mano, pero también nos recuerdan otra forma. Son manitas y a la vez corazones. Por eso conviene prepararlas con el corazón en la mano. Así, las palmeritas nos quedarán riquísimas incluso si a primera vista nos pareciera que nos han quedado como una patata y sobre todo en ese caso, que fue el mío particular cuando me puse a hacerlas. Como la receta en este un punto ha alcanzado unos niveles de complejidad que rozan casi los de la ciencia astronáutica, prefiero ilustrarlo con un esquema de cuatro vértices:
 
 
   Supongo que sólo después de una aclaración así de reveladora podemos continuar nuestra exposición. Aunque no descarto que más adelante el lector haya de regresar una y otra vez al anterior esquema para releerlo, repasarlo y aún estudiarlo hasta la memorización, pues la complejidad de la receta irá aumentando geométricamente en intensión y exponencialmente por las esquinas. Porque el hojaldre crece en el horno. Es pues recomendable poner estas ilustraciones en la puerta de la nevera, bien con imanes si queremos que se caigan cada dos por tres al suelo, bien con esparadrapo si queremos que permanezcan allí pegadas hasta que se extinga toda civilización o incluso hasta que termine la actual crisis de la economía global.
 
 
   La rebelión de la masa 
 
    ¿Eres de seguir el camino fácil o prefieres la aventura?
 
   El camino fácil en el caso que nos ocupa es elaborar la masa de hojaldre de nuestras palmeras con vuestras propias manos (sin soltar el corazón, ojo, ver el esquema cuatrivértice de arriba, que cae en el examen y os estoy avisando desde ya). Abajo os explico brevemente cómo hay que proceder.
 
   El camino de la aventura es ir al Mercadona a comprar masa de hojaldre ya hecha. ¿Por qué es una aventura un camino que parece tan trivial? Pues, en primer lugar, porque tendremos que caminar por las aceras sorteando tres residuos caninos y veinte residuos humanos, cruzar por pasos de peatones insidiosamente borrados en la calzada y, en definitiva, caminar por las calles de la ciudad, con sus fachadas tan auténticas como dejadas, viendo por doquier papa-noeles escalando balcones en pleno verano, banderas de España colgando mugrientas en los balcones desde la última Eurocopa ganada (o tal vez desde la primera en 1964) junto con las palmas del último domingo de ramos (o tal vez del domingo de ramos original). O si la aventura a pie nos agota... probemos a buscar aparcamiento tras una agresiva conducción urbana y veintiocho vueltas a la manzana. O mejor aún: probad el transporte público, que yo lo he hecho durante veinte años y ha marcado mi carácter como una bestia tatuada con fuego. Pero la aventura no acaba ahí: una vez en el Mercadona habremos de vérnoslas tal vez con benévolos y simpáticos ciudadanos africanos que venden La Farola en la puerta sin dejar de hablar por el móvil, luego tendremos que rebuscar entre los refrigerados hasta dar con la masa enrollada de hojaldre y finalmente en la cola de cajas... no nos quedará más remedio que intervenir activamente en una conversación entre dos señoras que debatirán acerca de cuál pretendiente de Corina se la llevará al huerto. Por eso yo os aconsejo que sigáis el camino fácil, que yo os facilito aún más con este enlace:
 
 
 
   Y no olvidéis que al amasar agua, harina y mantequilla en cierto modo estáis amasando vuestra patata. Así que ponedle amor y quitadle el almidón.
 
 
    La eterna rivalidad: leche, cacao, más o menos avellanas y azúcar.
 
    Como veremos en el resumen final, esa masa de hojaldre habrá de untarse con crema de chocolate y avellanas (en este caso el camino fácil es acercarse a la tienda y comprar una crema de cacao industrial). Y una vez untada la masa, espolvorearla con avellanas tostadicas y picadicas o ralladicas. Las avellanas en sí mismas no dan para mucho debate, pero existen varias posturas doctrinales y decenas de estudios pormenorizados que versan sobre la relación entre las dos grandes marcas rivales de crema de cacao con avellana, Nocilla y Nutella, Nutella y nocilla... vaya, ahora me salen cuatro, a ver... no, que son sólo dos: Notilla y Nucela, bueno, dos conocidas como mucho. Existen similitudes, diferencias, matices sutiles, claros rasgos de carácter...en cuanto sabor, olor, color, composición, densidad, textura, envase, idiosincrasia y prestigio de ambos productos. Una comparativa que se moja en la valoración podréis encontrarla en el siguiente enlace:

http://www.elmonstruodelasgalletas.com/2010/04/21/nutella-o-nocilla/
 

 
   Como nos estamos moviendo en el terreno no de lo indiscutible sino de lo preferible, yo también me mojaré, porque las palmeritas no pueden quedar tibias. Bien, pues he usado Nocilla para estas palmeritas precisamente porque esta marca contiene menor proporción de avellanas, dado que ya le estamos añadiendo avellana picada a la masa de hojaldre. Ahora bien, a la pregunta de con cuál de las dos marcas me quedo, quienes me conocen saben que no hago ascos a ninguna y que en un momento dado podría, pertrechado de una cuchara, dar la vuelta al interior de un frasco de Nocilla o de Nutella indistintamente como si fueran reversibles, habiendo trasvasado sus contenidos a mi ser con idéntica alegría en uno y en otro caso. Represento un caso paradigmático de lo que, según creo, se denomina ovnívoro, pues lo mismo nos comemos un platillo que otro, sean volantes o terrestres.

   Dicho lo cual y para que las sombra de estas palmeras no sea demasiado alargada, en el siguiente apartado sintetizaremos la receta en sí.

    La Re Z en Sí mejol, una partitura melódica 
 
Ingredientes:

375 grs de masa de hojaldre preparada
25 grs de azúcar lustre
8 cucharadas de  crema de chocolate con avellanas
50 grs de avellanas tostadas picaditas

Modo de hacerlas:

1. Engrasar ligeramente una bandeja de horno. Con el rodillo extender la masa de hojaldre sobre una superficie enharinada ligeramente, en un rectángulo de unos 37 x 23 cm aproximadamente.

2. Con una paleta, untar la masa con la crema de chocolate y avellanas. Esparcir por encima las avellanas picadas.


3. Enrollar uno de los lados largos de la masa hacia el interior y después el otro, para que se encuentren en el centro. Humedecer la masa en el lugar de la unión para adherirla.



  3.1. Con un cuchillo afilado, cortar el hojaldre en rebanadas delgadas.

  3.2. Colocar las pre-palmeras en la bandeja de hornear y aplanarlas un poco con la paleta.

   3.3. Espolvorear las palmeritas con azúcar lustre.



4. Cocer en el horno precalentado a 200º C durante 10 ó 15 minutos hasta que estén doraditas. Dejar que se enfríen encima de la rejilla metálica.




   Y he aquí nuestros corazones como palmas latiendo como un jilguerillo destemplado y a la espera de que les hinquemos el diente. No os imaginéis comiendo jilgueros sino palmeras. Y si no os parecen lo bastante apetitosas es porque estaréis haciendo ahora la digestión de algo, así que esperaros unas horas y volved a mirar la foto. Como leí una vez en un cromo que me tocó en un bote de Nocilla o de Nutella (no recuerdo bien): "La mejor cocinera es el hambre y el mejor ingrediente, el diente".

Jesús Megía
Julio 2013




 
 
 

Medallones de queso de cabra con tomate dulce, lucio bien caliente y vaca al acecho

 
Contrastando con trastos en la cocina
 
Los que algo saben de cocina suelen tener gusto por los contrastes de sabores. Uno de los menos arriesgados y más recurrentes es el del dulce con salado: jamón con melón, ternera con piña, croissants rellenos de morcilla,  Bambi relleno de Bugs Bunny, etc.










 
En esta línea va la receta que Lucio llama sencillamente "Mi barra de queso". Ya ese nombre tiene algo salao y a la vez al oírlo le viene a uno el sabor del yogur azucarado...  
 
 
   Yo por mi cuenta y riesgo lo he rebautizado con un nombre más refitolero,  pero también más descriptivo: "Medallones de queso de cabra con tomate dulce, lucio bien caliente y vaca al acecho" . Es un plato de preparación sencilla y a la vez sorprende agradablemente al paladar. Porque no sólo es un mero contraste de sabores sino también de texturas, no sólo es un mero dulce-contra-salado sino una armonía visual con contrapunto de temperatura, no sólo es un mero... no es un mero... ¿por qué no es un mero? Es obvio: porque la receta no tiene nada que ver con el mero sino con el lucio.
 

   Primeros pasos: pesca una receta
 
   Justo por esa obviedad que antes mencionaba, lo primero es hacerse con un lucio de tamaño bien hermoso y grandecito. Si puede ser de 75 kgs mejor que de 32. Cuánto mayor sea, más recetas os contará por muy pez que esté el lucio en gastronomía, que no suelen. El lucio, de todos es sabido, más que un pez de mar es un pez de campo. Del campo culinario concretamente, esa es su especialidad. Aletea por la cocina como cualquier otro pez en el agua, como Pedro por su casa, más incluso: como sólo una suegra campea en casa de la nuera o del yerno. Así pues, no se trata más que de eso, de que muerda el anzuelo y nos cante primorosamente sus recetas. Así que el animal no sufrirá mayores daños si todo se desarrolla por sus cauces naturales. Cuando hayamos obtenido sus recetas, podremos liberar al lucio, soltarlo por el campo para que siga experimentando sus propias recetas clásicas o innovadoras, tradicionales  o vanganduardistas. No es aconsejable retener al lucio más de diez o quince minutos para nuestro propósito, pues un exceso de cautiverio podría anular su creatividad posterior una vez en libertad o, peor aún, dejarle  secuelas irreparables como la pérdida de su sexto sentido (el lucio a veces ve fiambres, en concreto de una marca que no mencionaré a no ser que me paguen la publicidad). 

   En fin,  ¿cómo haremos para que cante el lucio? La mayoría de las veces canta a poco que le roguemos, pues el lucio es una especie que le gusta hacerse de rogar, de modo análogo a otras especies como los geranios, que les gusta hacerse de regar. Para esta receta no usaremos geranio, tan sólo orégano como luego veremos. A poco se le ruegue con gracia y amor el lucio te canta una par de recetas bien atrezadas, de ahí que el lucio haya de estar "bien caliente". Pero no aconsejamos pelotearle mucho porque igual nos suelta una receta demasiado empalagosa o, por contra, nos prepara él mismo la cena con todo lujo de detalles y luego friega los platos y todo. Y no es eso lo que buscamos. Como dice el proverbio: "dale un lucio a un hombre y comerá sólo un día; enséñale unas buenas recetas luceriles y se abrazará con pasión culinaria cada día a los peroles y a las sartenes como una cosa tonta". Tampoco es esto último lo que buscamos, lo más lúcido es una receta de lucio bien lucida. Como la que me cantó a mí el mío un jueves por la tarde, que es cuando el canto del lucio luce en su esplendor al alcanzar la temperatura idónea.


En casos extremos el lucio se cierra en banda y no canta ninguna receta, por lo que sólo en estas ocasiones conviene proceder tal y como se muestra en la imagen.
 
 
   No hagáis el cabra con el queso

   Seguro que hay quienes piensan: "Bah, para esta receta de queso de cabra puedo usar cualquier otro tipo de queso, como el provolone". Bueno, allá cada uno, no quisiera yo ser dogmático ni imponer mis gustos a toda costa pero daré mi opinión sobre este punto con tibieza, educación y prudencia: "Maaal, muy mal, no uses otro tipo de queso, hijo de perra ¿por qué no me haces ni puñetero caso? Usa exclusivamente una barra de queso de cabra, cabrón, que de lo contrario arruinas la puñetera receta". Bueno, ¿dudas sobre esto? Si quedan dudas, recomiendo leer mi anterior frase una, dos,... diez veces más hasta comprenderla, simplemente acatarla o perder el sentío. Lo que tampoco pretendo aquí es contar enciclopédicamente las ventajas y la idoneidad del queso de cabra para luego rebozarlo en huevo, pan rallado y freirlo. Digamos que este punto es artículo de fe. Si no tenéis fe en esta receta, casi que es preferible que salgáis de mi cocina. Y entrad por favor a los baños, me los limpiáis bien y cuando esté preparada la comida os llamo a las mesa.

  Pero ojo con esta última tarea doméstica que os mando, porque igual al hacerla os encontráis con la temible...cabra monetesina del monte montesinar! Por un lado sería una suerte toparos con semejante bicho porque así tal vez obtendríais auténtico queso de cabra para la receta. Pero como se os dé mal la negociación... la cabra montesina según el cuento os tragará a vosotros, a vuestros amiguitos y al tomate dulce de la receta. Para quienes no conozcáis el cuento porque no tuvierais infancia, os anoto el enlace de una bonita versión:

http://plenaszaragoza.blogspot.com.es/2011/04/la-cabra-montesina.html


     Emplatando, a este paso toca prórrogla y penaltlis
    

   Con el fin de recapitular y ordenar un poco los pasos de la receta, que acaso os parece algo extraña o poco sintética hasta ahora, os citaré cómo me la cantó a mí el lucio. He aquí la receta tal y como nos la describe directamente Lucio, que dejándose de cursiladas no habla de medallones sino de rodajas:

"Mi barra de queso: pillas una barra de queso de cabra, haces rodajas de unos 3 cm, rebozas en huevo y pan rallado el queso en rodajas y lo fríes con aceite muy caliente. Por otro lado coges 4 tomates maduros y los rallas como si fuera pan... Fríes ese tomate con una cucharadita de aceite, un poco de sal y dos cucharadas de azúcar. Lo dejas enfriar todo y emplatas... 2 rodajas de queso por persona y una cucharada sopera de tomate por cada una. Buenisimísimooooooo"

  
    Ni que decir tiene que, aunque la elaboración de este plato es fácil, yo personalmente delegué casi todo el proceso en mi becaria, la vaca Covadonga Engonga. Mi única intervención consistió en sugerir a Covadonga que añadiera orégano en el huevo de rebozar las rodajas de queso de cabra. Así pues, mientras la becaria cocinaba, yo veía una serie junto con mi novia en el salón. Y quedamos encantados con el resultado final.

 Acechando bucólica, mi becaria la vaca bicolor bicorne, sin boca pero con vocación para la vacante para cubrir mis vacaciones de agosto en la cocina. En primer plano y dejándose acechar ahí emplatados por ella misma, los medallones de queso de cabra.


   En fin, como diría el proverbio (y también el propio Lucio): "ven a catar mi barra de queso, que las dos primeras rodajas llevan tomate espeso..."
 
Salud a todos!
 
Jesús Megía
Junio 2013



 


No te comerás un rosco, pero sí más de cien rosquillas

   




   Unos de los recuerdos más vivos -y sin duda dulce- que tengo de mi padre es el de cuando hacía rosquillas. Le veo batiendo huevos en una fuente de metal y añadiendo azúcar y sobres de gaseosa amarillos y blancos. Le veo metido en harina, sus brazos arremangados, sus manos grandes sumergidas en un barreño. Domesticaba con paciencia aquella masa hasta dejarla fina. El aceite ya se iba friendo en una sartén ya de por sí grande, que a mí de crío se me hacía como un estanque donde luego burbujearían tostándose y expandiéndose esos redondeles. La cocina se inundaba del olor de la masa, del aceite frito y de la fresca de la mañana que entraba como contraste por la ventana. Porque siempre madrugábamos para el ritual de hacer rosquillas, como si fueran a prohibir el hacerlas o el madrugar.  "Toma, haz tú una" -y me mojaba los dedos en aceite crudo- "no las manosees mucho tiempo porque se te pegan en los dedos". La noche antes ya me avisaba: "Mañana temprano hay que levantarse a hacer una tanda de rosquillas". Nunca entendí qué medida es esa de "tanda", principalmente porque al final nos salía más de una tanda. Y más de dos. Era como una tanda de penaltis, que se lanzaban varias tandas porque continuaba el empate y, por fin, terminábamos de lanzar rosquillas porque se dehacía la igualada de ingredientes. Una vez fritas, íbamos llenando bolsas y bolsas en grupos de cincuenta rosquillas, bolsas que estaban destinadas a casa, a la abuela, a las tías, a las monjitas de Cuerva y a no sé cuántos aficionados de las rosquillas más. Un día no hace tanto mi padre me dictó la receta y la escribí con alguna gansada que ya ahí queda. Ni que decir tiene que las rosquillas de mi padre son las mejores que nunca probé y probaré. Y no, no les echaba anís, ni del Mono ni de La Castellana ni de Chinchón; siempre me lo preguntan y siempre respondo lo mismo: las rosquillas del señor Antonio son sin anís pero se pueden mojar en anís. Al leer ahora la receta pienso que a mí tal vez sí me mojaban en anís el chupete. 



Ingredientes para una tanda de unas 150 rosquillas tamaño normal (7 cm ø):

- 1 vaso (1/4 litro) de azúcar

- 1 vaso de leche

- 1 vaso de aceite frito

- 6 huevos

- 1 limón rallado

- 8 sobres de gasificante ARMISEN

- 1.250 gramos de harina

- Más azúcar

- Más aceite

 
Elaboración:

 -Se va y se coge un recipiente grande tipo barreño, preferentemente un barreño.

-Viértanse, por este orden, el vaso de azúcar, el vaso de leche, el vaso de aceite frito, los seis huevos y las ralladuras de limón. Todo al barreño.

-Y se bate todo bien.

-Se echa el polvo efervescente. Los huevos subirán.

-Se bate nuevamente hasta que quede bien disuelto.

-Va añadiénsose poco a poco la harina, a medida que se sigue batiendo para conseguir una masa. Será la masa de las rosquillas, disipando posibles dudas.

-Batiendo la masa llega un momento en que más que batir se está amasando. Se cambia entonces la herramienta de batir por la de amasar, por lo que conviene lavárselas antes.

-Una vez obtenida una masa bien espesa y pegajosa, se van haciendo con ella rosquillas y se van echando a freír a la sartén.

-Al ir sacándolas de la sartén, una vez fritas, se rebozan en azúcar.

-Servir al gusto y comer.
 

 
Jesús Megía
2004