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Mi ángel dormido

Ahora que te veo, mi ángel dormido,
apacible y ladeada tu cabeza,
me cala de repente una certeza:
tus sueños son el sueño que más cuido.
 
Despierto me mantienes a ti unido
y juntos desarmamos la pereza.
Amanezco cuando tu luz empieza
y descanso con tu rostro adormecido.
 
La noche que tus sueños vuelen lejos
estaré saludándolos en vela,
callando o no una tanda de consejos.
 
Desvelos que imagino con cautela
pues es tu paz la que quiere festejos,
hoy que solo es mi sueño el que vuela...

Jesús Megía López-Mingo
Julio 2014



Choco-laten


Tambor alegre que repiquetea,
dulce canción que mece el chocolate,
eco vivaz del corazón que late,
lluvia de otro latido que gotea.

Esa pareja de bombas planea
en las nubes de mi escaparate;
mi propio corazón pide rescate
y el feliz doble latir bombardea.

Mi pequeña dirige ese dueto
y golpetea con furia mi pequeño:
bien acompasados se solapan.

Sus ritmos me susurran un secreto,
voces que se repiten en un sueño
bien despierto y con doble amor me atrapan.

Jesús Megía Lopez-Mingo
Mayo 2013

Protagonistas de la vida


   Hoy hace medio año exacto que me alumbraron, un 3 de septiembre.
 
   Me alumbraron pero que bien, con una lámpara llena de lámparas, luz de luces. La del paritorio 2. No es por presumir, pero fue muy luminoso mi alumbramiento, no miento.
 
   Me llamo Héctor, no dejemos las presentaciones para más tarde, que igual nos interrumpen y os queda la duda de cómo se llamaría este bebé que ya escribe sin faltas.
 
   Original no soy ni lo pretendo. Esto de que un bebé se exprese verbalmente en primera persona la verdad es que... está muy visto. O como diría mi padre, que es un rato cursi, "como recurso está muy manido". Ya ves tú, "manido", que suena a manoseado o a la mano del marido pero que por lo visto viene de "manere", que en latín era "permanecer". A mi padre le gusta todo eso del latín y esos choteos, él sí que es y permanece a veces como una verdadera lata o latina en conserva. Es muy pesado a veces. Ayer domingo, por ejemplo, mi prima Estefanía le preguntó por qué los bebés llorábamos tanto y hablábamos tan poco o nada directamente... ¿y qué respuesta pensáis que le perpetró mi padre a mi prima, que viene a ser nada menos que su sobrina? Pues le soltó un rollo sobre que la palabra "infante" y la palabra "infantil" en su raíz etimológica significan precisamente "que no habla" y que para compensar esa ausencia provisional de habla los bebés reíamos y llorábamos a cholón y cascoporro. Claro, mi prima tras escucharle embobada (a mi padre le suelo escuchar yo también embobado aunque no es para tanto, como luego detallaré) no pudo evitar soltar muy seria un espontáneo "No jodas que es por eso!". Y mi padre se echó a reír. Él se parte de la risa con su ahijada, porque además de mi prima y su sobrina Estefanía es su ahijada, ella vale mucho y puede con eso y con más. Bueno, siempre se está quejando de que mi padre la vacila demasiado.
 
   He empezado hablando de mí pero va quedando claro que cobra protagonismo mi padre. Pero para ser justos, él podrá ser una lata del latín pero protagonista no le va mucho ser, porque dice que eso sí que resulta pesado sobre todo para los demás. La protagonista en todo caso es más bien mi madre. Etimológicamente también lo es, porque fue la "primera" en "luchar" cuando hace seis meses hubo que sacarme de su cuerpo. Luchar el primero. Eso es protagonismo. Un huevo colgando y el otro lo mismo. Ya veis, otra patochada que he oído a mi papá, podéis reíros por cortesía. Si no, reíros porque sí.
 
   Reírse porque sí. Si algo he aprendido en estos seis meses de bebé becario es a reírme porque sí. Porque para llorar, de momento siempre he encontrado un motivo: toparme con el mundo externo inmediatamente al comenzar la beca de bebé, sentirme incómodo por la temperatura o por el pañal sucio, sentirme solito antes de rendirme al sueño, por sufrir un poco de fiebre y sobre todo... el llanto de tener más hambre que los pavos de Manolo. Ese es el recopetín de mis llantos, he llegado a romper con su mera onda expansiva dos bombillas, tres tímpanos y una copa de brindar en Nochevieja. Y si en pleno llanto de muerto de hambre visualizo la manduca en forma de teta o biberón, entonces me ha llegado a oír llorar hasta un alienígena que veraneaba en los anillos de Saturno. Pero llorar por nada, la típica rabieta sin sentido de bebé consentido... esa mis padres no la han sentido en ningún sentido. Bueno, vale, muy poquitas veces... no demasiadas para tener contrato de becario.
 
   A mí lo que me gusta, como a cualquiera, es reírme. Y para eso apenas necesito motivos aparentes. Con las cosas más insólitas sonrío, no hace falta que sean claramente simpáticas, aunque algunas veces sí que me he puesto más exigente con el humor, depende del día, como os pasará a vosotros. Y ya si afinan un poco el tiro y me hacen alguna gracia, me parto a carcajadas. Con risa de muñeco de esos que los aprietas y suenan con un pito muy divertido, pero muy rápido y seguido en mi caso. Dicen que soy muy gracioso entonces. Y no sólo mis padres, que su voto está muy condicionado. Mi boca, cuando me río así, se extiende amplia desde un moflete a otro y entorno un poco los ojos y miro hacia un lado como si me diera un poco de vergüenza ser tan sinvergüenza. Esos momentos de carcajadas son el éxtasis.
 
 
 
  Sobre todo me meo de la risa con mi madre, cuando en el cambiador me canta la del "Corazón contento" o me dice lo de "mamaá y sólo mamaaá" y esas cosas que sólo ella sabe porque la jodía me conoce muy bien, parece que me hubiera parido. Y si en esos momentos está mi padre presente, mientras me carcajeo le miro de reojo y veo que nos observa en silencio a mamá y a mí y nos mira sonriendo como una cosa boba, como admirado de que la vida sea tan bonita y espectacular a poco que se la pille en un día bueno. Ojo, que no le puede dar envidia porque con él también me río un montón aunque no me haya parido. Pero el hombre bien que abanicó a mamá la tarde que me alumbraron con aquella lámpara de un millón de lúmenes. Y le dio ánimos a mamá para empujar y todo eso. En fin, yo personalmente ya estoy un poco hartito de escuchar de labios de mi padre esa historia del parto y con eso ya no me parto. Siempre las mismas anécdotas, siempre los mismos chistes, las mismas pausas tragicómicas al narrar la historia, las mismos comentarios supuestamente graciosos sobre mí y mamá ... jolín, como si estuviera permitido decir tanta parida sobre una mujer parida y su retoño recién parido. Y lo peor es que la gente le ríe las gracias. Lo que os digo: por compromiso. Bueno, a decir verdad él siempre cambia algo en la historia, supongo que para no aburrirse contándola. Voy a ser bueno con mi padre: no estorbó demasiado la tarde que me alumbraron. Y nada más salir yo, él vino a cotillear y entonces pude comprobarlo. "Este ganso -me dije al abrir los ojillos y ver a mi padre- por suerte no ha salido a mí".
 
   Venga, tengo que reconocerlo: mi padre también me cuida y me hace reír el pobre. Una vez no hace mucho me pasé con él quince días nada menos de Rodríguez los dos, como quien dice, solos en casa. Y aunque al principio me costó, he de decir que no regañamos. Es más, me lo pasé bastante bien esa época. Tanto que cuando por la tarde  cada día regresaba mamá de trabajar, como que me costaba un poco arrancarme a reír al verla, que Dios me perdone. Yo lo achaco al síndrome de Estocolmo, como si me hubiera encariñado en exceso con el humor del secuestrador, en este caso la figura paterna. Vaya un figura, por cierto, mi padre. Se me pone a contar unas cosas de lo más raras, unos mitos a veces sin pies ni cabeza, con un tono de voz de lo más pintoresco. Y hay que joderse, el cachondo es gracioso y no puedo evitar reírme lo mío. No os quiero contar cuando se pone a desafinar canciones, lo mismo le dan infantiles, clásicas que de moda, las destroza todas por igual.
 
  Y hay otras veces que se me pone a hablar muy bajito, como en un susurro; y yo me quedo escuchándole muy atento, con la boca un poquito abierta y los ojos igualmente bien abiertos para poder oírle mejor, porque con los oídos no lo veo claro. Porque al hablarme tan bajito su voz viene como el roce de la brisa y me hace como cosquillas en la cara y en los oídos. Y así puede tirarse mi padre sus buenos diez o quince minutos, susurrándome auténticas paparruchadas como pianos. Según él, en este tipo de escucha mi cara es de la modalidad "cara-de-buey-manso". Valiente tonto del papo, tendría que verse él la cara tonto de campeonato que pone. Y sin apenas esfuerzo.
 
  
    Hoy es mi sexto cumplemés, pero ayer era el cumpleaños de alguien a quien no conozco pero del que oigo hablar de vez en cuando. No había mucho que celebrar ayer, porque ese alguien es mi abuelo Antonio y para mí es... sólo el nombre de un antepasado. No puedo mentir. Vamos, se podría haber celebrado mejor el no-cumpleaños como diría el sombrerero loco a Alicia. Pero me doy cuenta de lo mucho que debe de echarle de menos papá, como mamá al suyo. A veces les escucho contar historietas tiernas de lo que deben estar haciendo estos abuelos míos ahora, que si estarán tomando vinos juntos, que si estarán observándonos mientras comentan la jugada desde el cielo (papá por cierto se divierte bastante contándolo pero lo toma como una broma, porque se fija más en el cielo del hombre del tiempo, aunque tampoco mucho más). Ya he comentado al principio que mi padre es cursi, pero tiene una frase que se lleva la palma en ese sentido. Dice: "las fechas son flechas". Bueno, no le falta tampoco un poco de razón. Ayer la flecha señalaba una fecha, hoy señala otra. En fin, yo no es que le quiera quitar protagonismo a mi padre, pero hoy soy el prota, el que hoy mismo señala al futuro riéndome. Porque sí.
  
Héctor Megía Martín
3 de marzo de 2014

 
 
 
 
  
 

Para que no se me olvide

La fecha de su descubrimiento
no fue registrada
en libro de Historia alguno
ni es conocimiento atesorado
por ninguno de los sabios.
Como acontecimiento
no constituye estudio
de ningún saber o disciplina.
Ni siquiera los cronistas de la prensa
se ocuparon de ello.
Y sin embargo,
en mi casa lo tenemos por clave maestra
de nuestro relato.

El caso es que la revuelta estalló
una tarde noche
hace poco más de un mes,
con bandera de paz guerrera,
llorando a pulmón abierto;
sólo un insurrecto
y sólo un cabecilla: tú, hijo mío.
Se te detuvo,
se te puso en libertad,
tú me dirás.
Tu única audacia,
el haber nacido.
Y apresurándote,
sin dejarte tiempo
a echar un vistazo
y curiosear al menos
a ver a quién habían salido tus padres,
rompiste a llorar
como un clásico: único, irrepetible,
inagotable.
Aunque lo esperaba,
ese llanto
me cogió desprevenido,
adormecido;
lo más normal del mundo,
sucede algo parecido
con la alarma del despertador
o el canto del gallo:
"que ya ha amanecido!"
"padre, que ya he llegado,
avise usted a madre
por si con tanto empujón
no se hubiera enterado!"

Desde aquel momento
todo ha devenido
por los cauces que has querido.
Cuando clamas furioso
no pareces tan indefenso,
tan vulnerable.
Esa es tu fuerza:
persuade tanta fragilidad.
Un diseño de ensueño
este modelo bichín,
tan demandado,
tan-poquita-cosa:
finita y suave la piel
redondito en cada pliegue,
hueles a lomo de ángel
(como dicen que dicen los de La Ayna),
almohadillado
allá donde se te plante un beso,
cabeza bamboleante,
me impregnas de calor
el cuello con tu resuello
y sencillamente
si uno no enloquece entonces...
es que ya está loco.

Como todos estos detalles
(aunque tal vez trillados)
tienen valor por sí mismos
yo no pretendo atraparlos
pero sí dejarlos listos
para evocarlos,
para recrearlos
algún otro día.
Que no se me olviden.
Que esta tarde recorro
en cien vueltas el pasillo
contigo apretado contra mi pecho,
desafinando canciones
improvisadas
que por algún motivo...
te calman.
Que hoy te miro
y me aguantas benévolo la mirada,
quién sabe lo que esos ojos verán,
quién lo que adivinarán.

Tú nunca recordarás
estos días,
como nadie recuerda la primera vez
que bebió agua,
la primera vez
que bostezó,
la primera vez
que rió con ganas.
Yo, como cualquiera,
tal vez integre estos días
en una historia que rueda
hacia adelante por suerte:
el-niño-que-crece-con-salud-que-no-es-poco.
Eslabones de una cadena
que felizmente
enganchan.
O tal vez logre rescatarlos,
desde ahora,
de esa rueda de los días
para anotar que fueron singulares;
para señalar que entre tanto llanto
hoy,
esta noche,
tu risa reflejó
algo más que un reflejo.
Que te has reconciliado
por vez primera
con este otro mundo
y le has plantado cara
con una sonrisa genuina,
justa trampa para sólo
recompensarme.
Trampa trampolín
para volver a enfadarte mil veces.
Amanecerá
y muchas realidades volverán
a ser turbias,
a confundir
lo superado con lo suprimido
y, con ello,
a lograr un manso olvido.
Otras aventuras, hijo, alcanzaremos;
tal vez mejores,
pero no serán estas.
Por eso las cuento
una a una.
Para que no se me olviden. 

Jesús Megía López-Mingo
16 octubre 2013


La luna de Héctor

Por la mañana se quedó la Luna
de cuarto creciente a quinto octante;
carita de Luna y boca de lactante,
galaxia en tus ojos, nariz montuna.

La tarde lunera amanece en tu piel,
tu madre te acuna en luces de su pecho,
sueñan tus labios que sacan provecho:
chorros de dulzura, gotas de laurel.

Se arruga tu ceño en urgente llanto
elevando la protesta a los cielos...
Que caiga la noche y estrellas reúna!

Llano es mi consuelo: te mezo y te canto,
como harían también tus abuelos.
Desde que existes, mi Sol es la Luna.















Jesús Megía López-Mingo
Septiembre 2013